martes, 14 de septiembre de 2010

Detractores y cienciaficcioñeros sabemos quién es, de cualquier forma he aquí una pequeña presentación: Héctor Chavarría es periodista, montañista, socorrista y varios otros istas. También es escritor de ciencia ficción y ovnílogo escéptico.

Amablemente nos comparte un cuento de su serie "Las invasiones jubilosas". Éste apareció en el número 3 de la revista Asimov, ciencia ficción en español.


El Ánfora
Héctor Chavarría


¡Evohé!
Salutación de las bacantes a Baco.
Para la triple E: Elvira, Edrían y Enrique



Lo hallé vagando –como sonámbulo sería más correcto-, en las inmediaciones de Bucareli, por esa zona de la ciudad donde se dice aparecen geishas, vampiros, voceadores y cosas peores, habitualmente periodistas.

Iba en mangas de camisa a pesar del frío y mostraba una mirada ausente y febril. Al principio, sobre todo por su aspecto, creí que había sido víctima de un asalto, o que había escapado de una reunión de reporteros de policía.

-¿Qué onda Edrían?

Me miró como si no me viera, de hecho como si estuviera viendo a través de mí.

-¡Maldito traidor, hijo de...! –gritó con vehemencia. Y, comencé a pensar que algo traía conmigo.
Retrocedí con precaución meditando sobre la posibilidad de usar el paraguas como katana.

Me miró como si antes no hubiera estado ahí.

-No es contigo –dijo y volvió a tener la mirada perdida.

Comencé a idear cómo irme de ahí, a fin de cuentas, si Edrían estaba “pasado” era broca suya.

-¡No!, -exclamó- eso sí puede darles en la madre. ¡Sí! Eso...


Luego comenzó a reírse. Una risa suave al principio que luego fue haciéndose más fuerte hasta volverse una carcajada, que se detuvo de súbito. Su mirada se normalizó, si tal cosa era posible y, como por arte de magia se volvió una persona normal, bueno, todo lo normal que puede ser un reportero.

Volvió a mirarme, pero ahora era a mí y no hacia aquel inquietante “más allá” de antes. Para entonces varias personas estaban interesadas en nosotros. Posiblemente anticipando uno de los habituales espectáculos de Bucareli.

Se palpó el cuerpo, como buscando algo. Chascó los labios.

-Invítame una copa, tengo algo que explicarte.

Traté de negarme, de argumentar cualquier cosa... nos fuimos a “La Reforma”: un pequeño antro que suele estar lleno, según el turno, con la mitad del personal de talleres, redacción y fotografía –no necesariamente en ese orden-, de El periódico de la Vida Nacional.

Edrían pidió un tequila doble y se lo zampó con urgencia: luego ordenó un ron con agua mineral. Me miró con aires de conspirador del siglo XIX.

-Los ET: especialmente tontos, específicamente tarados extraterrestres, existen... Maussan tenía razón, Ferriz también: un mundo nos vigila.

Lo miré con una mezcla de conmiseración y repugnancia.

-Me cae que es verdad. No estoy borracho ni drogado. ¡Ni madres! “Ellos” son reales, los escépticos están locos...

Miré ostensiblemente mi reloj para disimular el asco y abrí la boca para explicarle que tenía una cita y que él debía ir al FBI (Fray Bernardino Institute) para que un reductor de cabezas le diera un ajuste. No tuve tiempo de hablar.

-Me agarraron ayer, debe haber sido ayer, ¿qué día es hoy? No importa, el maldito Enrique estaba conmigo y también lo agarraron a él.

-Mira –logré colarme entre su verborrea- ahora sí pienso que se te aflojó un tornillo ¡no mames! Esos cuentos de extraterrestres...

-Por lo menos escúchame y si quieres luego di que enloquecí. ¿Qué día es hoy?

Le dije.

-Ayer por la mañana llegué a la oficina aquí enfrente como de costumbre, con una pequeña cruda –nada grave- a causa de una reunión anteayer. El caso era que iba a darle un trago a mi ánfora llena de ron, con fines estrictamente medicinales, cuando entró tu ex jefe, radiante y sin bastón y, antes de que terminara de guardar el ánfora anunció a gritos:

-¡Ya te dije que no uses esas porquerías! ¡Vamos a tomar un trago!

-Enrique –le dije-, apenas son las diez de la mañana...

-¿Y qué? Son las seis de la tarde en Londres. Y, sólo los borrachos como tú cargan “cantimplora”. Seguramente te gusta agarrarlas de buró: ¡eres un alcohólico!

Así pues, a pesar de mis protestas, me arrastró rumbo al Gaona, previa escala en los tacos callejeros del Charro. Conoces bien el Gaona, a esa hora no había más personas que los meseros y nosotros. Tomamos la mesa de costumbre y Enrique ordenó:

-¡Lo de siempre! ¿Te tomas lo de siempre?

-Enrique –le dije suavemente- ¿qué pasó con tu ataque de gota?

Porque apenas unos días antes estaba sufriendo su quincuagésimo quinto ataque de gota, con prohibición estricta de beber, por lo que llevaba por lo menos un mes de abstinencia; durante el cual me mentaba la madre cada vez que le ofrecía mi ánfora para que echara un trago. Ingratitud.

-Ya no me molesta, estoy curado, puedo beber...

-¿Y tu conato, de úlcera gástrica? –Repliqué con inocencia. Fingió no oírme.

Después de lo cual y antes de que llegaran los tragos, decidió ir al baño y pidió que lo acompañara por aquello de que “un mexicano nunca mea solo”.

-Para mí –intervine sacando a Edrían de sus recuerdos-, el que inventó esa frase era maricón y quería verle la pistola a los otros...

Ignoró olímpicamente mi comentario.

-Pues bien –continuó-, estábamos en el baño, tras haberle hecho agujeros al hielo del mingitorio, en el proceso de lavarnos las manos, cuando ocurrió.

-Siempre he pensado –volví a meter mi cuchara- que los que le hacen agujeros al hielo al mear tienen serios problemas con su potencia.

Me miró como si hubiera dicho una idiotez y se tomó el resto del ron con agua al tiempo que llamaba al mesero y ejecutaba con la mano un movimiento circular sobre la mesa, que en todo México significa: igual.

-¿Qué pasó? –le provoqué- ¿Te encontraste a los ET en el baño?

-Casi. Ríete si quieres, pero de pronto el orate de Enrique se puso transparente y comenzó a desaparecer. Eso estaba bien, pero lo peor fue que ¡a mí comenzó a pasarme lo mismo!

Seguramente mi expresión fue de asco.

-¡Te lo juro! Esos malditos tenían unos teleportadores como los de Viaje a las estrellas, sólo que esos sí funcionaban. La familiar escena del baño, hielo agujerado y todo, se desvaneció y dio paso a una estancia desconocida bajo unos proyectores de luces brillantes.

“Creo que en ese momento los dos tratamos de escapar, típica reacción ante lo desconocido, y ellos aunque aún no los veíamos, nos apagaron la luz, ignoro con qué.

“Cuando recobré el conocimiento estaba en otra estancia con paredes luminosas, lo cual era muy chocante porque no había manera de calcular distancias a primera vista y por la ausencia de sombras: había en todo el lugar un fuerte olor a manzanas, por lo menos esa fue la impresión. Tenía un dolor de cabeza bastante considerable.

“Tu expresión me dice que no crees nada. Es cierto, esta historia tiene todos los clichés de la ciencia ficción más barata y de los libros escritos por charlatanes, no necesito mencionar quienes, los conoces muy bien.”


Aquí vemos una de las aficiones del "Chino" Chavarría: cazar extraterrestres


Hizo una pausa y se bebió el ron con agua mineral como si fuera agua. Pidió más y comenzó a inquietarme el cargo a mi cuenta. Ni modo, -como hubiera dicho Enrique- “un mexicano no bebe solo”. Pedí otro, ¡qué remedio!

-Así pues –continuó Edrían- para no molestarte más, no me creas nada, simplemente haz de cuenta que te estoy relatando un cuento de los que a ambos nos gusta escribir.

“Cuando vi a los ET estuve a punto de tener convulsiones: eran igualitos a los que describió Adamski, cabellos rubios, casi blancos, piel casi transparente de lo blanca, ojos de color claro... no exactamente azules, claros, indefinidos. Sus cuerpos, hasta donde me permitía ver la ropa que llevaban puesta, una especie de monopieza sujeto a la cintura con un cinturón ancho, eran perfectos: apolíneos. Me cae que los tipos eran el sueño de cualquier racista. Sin embargo, en toda esa aparente perfección había algo que no encajaba. Lo frío de sus ojos, la expresión de total desinterés por la vida. Daban la impresión de ser unos seres que miraban con desdén a cualquier criatura que no fuera de su especie.

“Me hubiera gustado ver su nave, estoy seguro que era similar a una nave nodriza adamskiana. El caso fue que me aislaba de ellos una especie de pared transparente a través de la cual me miraban. Analizando ese examen –en ese sentido qué bueno que no hayan sido unos pulpos azules-. Pude detectar varias cosas: me aislaban por alguna razón que no entendía, me miraban con desdén, cierta curiosidad y otro elemento. Me llevó tiempo comprender qué era: miedo.”

-Vas a necesitar bastante más que lo que me has contado –le interrumpí- para lograr una buena historia, lo que narras es de lo más malo que he oído...

-¡Calma, deja terminar! Ellos tenían alguna razón que yo ignoraba para comportarse así. Mientras tanto, mi dolor de cabeza crecía y crecía, como si tuviera dentro un avispero. Entonces me hablaron, más bien fue como si sintonizaran algo dentro de mi cráneo, con lo cual me retorcí de dolor.

“De pronto fue como si, junto con los conceptos, llegara a mi mente una sucesión de imágenes, me tomó un tiempo darme cuenta de que me estaba viendo a mí mismo mientras me retorcía. Supe que estaba viendo a través de uno de ellos y que los conceptos en mi mente eran sus pensamientos. Vi como me caía al piso mientras aquel ser me decía que yo iba a servirles de espía, que a través de mí persona observarían y que llegado el momento lo aprendido les serviría para dominar este planeta y exterminarnos a todos. Entonces decidirían si me dejaban vivir un tiempo más, aislado, claro, porque no deseaban contaminarse.

“Les menté la madre en todos los idiomas en que sé mentadas y mientras lo hacía vi –a través de los ojos del ser- a Enrique. El muy desgraciado vestía a la usanza ET en una habitación similar, sólo que con muebles, donde estaban amontonadas sus ropas y parte de las mías. Sí –me dijo aquel-, tu compañero está limpio y vendrá con nosotros. Es diferente a ti, más parecido a nuestra gente. Claro, no es igual, pero hemos analizado sus pensamientos y son como los nuestros: te desprecia y hace bien. Te juro que en ese instante deseé tener a mi alcance a Enrique para retorcerle el cuello por traidor.”

-Entonces –dije ahogando un bostezo- seguramente te soltaron.

-Más o menos. Me sacaron de esa especie de estancia contrayendo un lado de la habitación como el émbolo de una jeringa. Me había hecho saber que me habían implantado algo en alguna parte del cuerpo que era el transmisor receptor y mientras me empujaban sudé de angustia, la humedad hizo burbujear el piso, pero antes de pensar más en ello estaba bajo los proyectores, haciéndome transparente y luego en un rincón de la calle de Allende.

“Cuando te encontré estaba viendo el capítulo final de esta historia. Nos salvamos por milagro. ¿No deseas conocer el final?”

Me encogí de hombros, resignado.

-Nos salvó nuestro ph, les puso una verdadera partida de hocico. Sospecho que no me entiendes. Yo tampoco lo entendía en el primer momento aunque debí suponerlo desde que estuve en el interior de la nave: el olor a manzanas. Te me quedas viendo como si estuviera loco ¿no te das cuenta? ¡Los ET tenían un mecanismo de consunción de proteínas neutro, altamente eficiente, está clarísimo! Por eso el olor a manzanas, por eso esa mal disimulada expresión de temor.

Me quedé mirándolo como quien ve un crucigrama sin instrucciones.

-Mira, va de nuez: nosotros debemos ser una rareza o por lo menos para estos tipos debíamos serlo. Quizá en el fondo por eso querían destruirnos. Nosotros vivimos en el ácido, para ellos con un metabolismo carente de ácido por su alta eficiencia: nosotros éramos –o más bien somos- lo más cercano al veneno. Una gota de nuestro sudor equivale para ellos al ácido sulfúrico.

“Nuestro ph no es más que el potencial de hidrógeno y, en los seres humanos equivale a 7.42, más allá de eso estamos alcalinos, para abajo del siete somos ácidos. Habitualmente vivimos ligeramente alcalinos, pero lo alcalino, aunque preferible al ácido, también era veneno para los ET, no sé cómo esperaban que Enrique viviera con ellos, especialmente con aquel famoso conato de úlcera gástrica que mencioné antes, la cual era capaz de producir grandes cantidades de ácido a la menor provocación por tensión... El caso es que algunas cosas, como beber alcohol, elevan el nivel alcalino como mecanismo de defensa: nuestra piel y boca son alcalinas así como el semen, pero la orina y el vómito son ácidos, todo esto es demasiado obvio, ¿o no?”

-Me imagino que sí –le respondí.

-La confirmación fue el efecto de mi sudor en el piso de la nave, como si le hubiera caído ácido.

-Y, todo esto, ¿qué tiene que ver con Enrique?

-Recuerda que el angelito había estado a dieta y sin beber durante un buen lapso, por lo tanto estaba alcalino, casi sin rastros de ácido... por eso debieron considerarlo “estable y limpio”. No eran tontos, debían conocer bastante bien el organismo humano para saber que una dieta adecuada mantendría a tu ex jefe “estable” y sin representar peligro para la nave o para ellos. A eso debieron haberle apostado.

“Pero no tomaron en cuenta que el Enrique llevaba semanas sin echar un trago a causa del ácido úrico, que en el Gaona no tuvo tiempo de tomarse la primera, que no revisaron mi ropa, la que no me devolvieron. Enrique debió estar nervioso, a pesar de las garantías que ellos le ofrecían. No creo que le desagradara la idea de ser una especie de protegido ET; pienso que fueron los nervios y las ganas de celebrar... se organizó la primera y última borrachera de buró de su vida. Encontró mi ánfora.

-Pero el alcohol no iba a hacerlo ácido de inmediato...

-No –respondió- pero al aumentar su ph alcalino debió soltar alguna alarma, eran 15 onzas de ron de Flor de caña. Lo que ellos hicieron será siempre un misterio, pero cuando yo pude ver por los ojos del ET, la nave parecía haber perdido la gravedad y todos flotaban... lo que alcancé a ver fue a Enrique haciendo muecas, presa de violentas arcadas: la falta de gravedad marea gravemente a algunas personas, no se sabe hasta que no se experimenta. Enrique vomitó.

“Imagina un organismo como el alien de la película: metabolismo con base en el silicón. Su sangre sería ácido para nosotros, buena cinta de CF dura. Para un organismo neutro nosotros seríamos lo mismo. Para ellos, en un instante de supremo horror, debió ser como si disparáramos un mortero dentro de un avión con cabina presurizada. Good Bye!

“Un organismo de silicón sobreviviría en el espacio sin aire ni presión, pero ni ellos ni Enrique lo eran. Debe haber sido un espectáculo nauseabundo: nave y seres estallando como bombas en el vacío por un simple vómito. Los periodistas siempre han sido peligrosos, venenosos y ahora resultó que también ácidos.

“A los Et les tocó el ácido más fuerte...

-¡El has ido a tiznar a tu madre! –dijimos a coro. –El cuento era pésimo al principio pero se compuso un poco al final –le dije a Edrían.

Me dedicó una mirada de esas de antología que pueden interpretarse de las más diversas maneras.

-Salud –me respondió levantando el vaso.

Tuve que pagar una cuenta bastante crecida.

****

Me quedé con la molesta idea de que me había gorreado los tragos contándome su historia loca, después pensé que era tan absurda que podía tener visos de verdad. Luego Enrique no apareció por ninguna parte aunque lo buscaron con verdadero empeño –tenía muchos amigos políticos- y cuando le preguntaron a Edrían... ignoro que les haya dicho.

Enrique sigue sin aparecer.

El otro día me encontré al Edrían, con tres cuartos de estoque en buen lugar, saliendo de La Reforma con su novia Elvira, tan ebria como él, as ussual, me guiñó un ojo con gesto de complicidad y dijo con voz estropajosa:

-Hay que mantener el ph alcalino, mi buen...

No supe si se estaba burlando de mí, la mirada vidriosa de Elvira me indicaba eso, pero algo me dice que debería aumentar mi ingesta de alcohol, y no con meros fines preventivos.

Enrique todavía sigue sin aparecer.

Quizá debieran buscarlo –ignoro cómo- más allá de la órbita de Plutón...


Nota: Enrique Loubet Jr. falleció en el año 2007.

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