miércoles, 3 de abril de 2013

Niños en la ciencia ficción (segunda parte)

En 1965 el escritor Frank Herbert (1920-1986) recibió el Premio Nebula por su obra Dune, un año después recibió el Hugo por la misma novela. Posteriormente amplió sus ideas sobre el mismo universo en las obras El mesías de Dune, Hijos de Dune, Dios Emperador de Dune, Herejes de Dune y Casa Capitular Dune.

Brian Herbert y Kevin. J. Anderson escribieron las obras Preludio a Dune, Leyendas de Dune, Cazadores de Dune y Gusanos de Arena de Dune.

Dune ha sido llevada a la televisón, a los cómics, los videojuegos y a la pantalla grande (incluso se ha creado toda una mitología alrededor del frustrado proyecto de Alejandro Jodorowsky; se menciona, por ejemplo, que participarían Salvador Dalí y Orson Welles).

Esta serie de novelas de Frank Herbert es tan compleja y rica en ideas que puede ser analizada desde diferentes perspectivas. Hay aspectos políticos, económicos, sociales y hasta gastronómicos que pueden ser analizados. Pero, desde mi punto de vista, son las cuestiones religiosas, mesiánicas y ecológicas las que resultan de mayor interés.

Pero ahora, como ya hiciera en la primera parte (ver aquí), quiero referirme a esta obra desde otro aspecto: el del fin de la infancia.

No es mi intención profundizar en la trama, sólo mencionaré los datos que me permitan contextualizar el tema motivo de estas líneas: la transformación de Paul Atreides, su paso de niño a hombre. 


Antecedentes y contexto 

Frank Herbert imagina un Imperio Galáctico dividido en cuasi-feudos o señoríos planetarios controlados por "grandes casas". Estas casas se agrupan en un consejo llamado Landsraad, mismo que le rinde tributo al Emperador Padishah Shaddam IV de la Casa Corrino.

Cada casa posee planetas especializados en ciertas cosas: agricultura, comerico, etc. Las principales son la Casa Corrino, la Casa Atreides y la Casa Harkonnen. También hay casas menores, éstas tienen menor poder económico ya que sus productos no son demasiado requeridos.

Los pilares del Imperio Galáctico son: el Landsraad, Casa Imperial, Fuerza de Asalto Sardaukar, la Cofradía Espacial y la CHOAM (Combine Honnete Ober Advancer Mercantiles), esta última maneja todo el comercio.

La estabilidad del Imperio depende de los viajes espaciales, éstos son controlados por la Cofradía Espacial.


Al inicio de Dune nos encontramos con que el Emperador Padishah le ha quitado a la Casa Harkonnen el domino sobre el planeta Arrakis y se lo ha cedido a la Casa Atreides. Los Harkonnen llevaban 80 años habitando Arrakis, mientras que los Atreides habían vivido en Castel Caladan por 27 generaciones (Paul nació y pasó sus primero 15 años en dicho planeta).

Paul es el hijo del Duque Leto Atreides y su Concubina Dama Jessica. Paul es un joven más bien pequeño para sus quince años de edad, con un rostro ovalado como el de su madre, "Cabellos: muy negros, como los del Duque pero con la línea de la frente del abuelo materno, aquel que no puede ser nombrado, así como su nariz, fina y desdeñosa; y los ojos verdes y penetrantes del viejo Duque, su abuelo paterno ya muerto."

Tanto el Emperador como los Harkonnen desean destruir a los Atreides; y eso es una especie de secreto a voces, el mismo Duque Atreides sabe el riesgo que corre al aceptar Arrakis, pero nada puede hacer al respecto, debe obedecer al Emperador. En realidad, cederle a la Casa Atreides el dominio de Arrakis es una trampa. ¿En qué consiste dicha trampa? Para comprenderlo debemos primero contestar otra pregunta: ¿Qué tiene de especial el planeta Arrakis?

Arrakis es un planeta desértico, por ello tambiés es llamado Dune. El bien más preciado en Arrakis es el agua. "Malas" es una palabra muy cauta para describir las tormentas de arena del planeta: "Esas tormentas se desencadenan a lo largo de seis o siete kilómetros de terreno llano, y se alimentan de todo lo que pueda proporcionarles un mayor empuje: la fuerza de coriolis, otras tormentas, cualquier cosa que tenga en ella un ramo de energía. Soplan a setecientos kilómetros por hora, arrastrando consigo cualquier cosa móvil que encuentren en su camino: arena, polvo, cualquier cosa. Arrancan la carne de tus huesos y reducen éstos a astillas."

Paul sabe que en aquel planeta las lunas serán sus amigas y el sol su enemigo; de igual modo, se le informa que como hijo del Duque nunca le faltará agua, pero podrá ver la obsesión de la sed a su alrededor.

¿En dónde está la importancia de un planeta con tales características? Arrakis es la única fuente de la melange (ésta no puede ser manufacturada), una sustancia adictiva que proporciona ciertos poderes mentales a quienes la ingieren. De hecho, la Cofradía Espacial la necesita ya que al ser ingerida permite a los viajeros ver vías seguras a través del espacio (otro tema que puede abordarse en esta serie es el de las sustancias que supuestamente permitirían expandir la conciencia o las capacidades mentales) y, como decía más arriba, la estabilidad del Imperio depende de los viajes espaciales.

Ahora podemos explicar en qué consiste la trampa. Los Harkonnen esperan culpar al Duque Atreides del decrecimiento en la producción de la melange. El Duque le dice a su hijo: "Imagina lo que ocurriría si algo redujera la producción de la especia. Los Harkonnen han estado almacenándola durante más de veinte años. Aquel que hubiera almacenado la melange podría dominar el mercado. Y los demás no podrían hacer nada. Desean que el nombre de los Atreides se haga impopular. Piensa en las Casas del Landsraad, que en cierto sentido me consideran como su caudillo... su portavoz oficioso. Piensa en cómo reaccionarían si yo fuera responsable de una reducción en sus beneficios. A fin de cuentas, los beneficios son lo único que cuenta. ¡Al diablo la Gran Convención! ¡No vas a dejar que nadie te reduzca a la miseria! Todos se inclinarán hacia la otra parte, sin apoyar nada de lo que yo haga."

Las rencillas entre los Atreides y los Harkonnen son antiguas. Los Harkonnen sólo se detendrán hasta que sean exterminados o el Duque destruido. Dama Jessica piensa en Arrakis como "una inmensa trampa Harkonnen."

Pero no todo está perdido. El Duque Leto Atreides tiene puestas sus esperanzas en los Fremen, quienes -en Arrakis- viven al borde del desierto, ellos son "elusivos como el viento del desierto, que ni siquiera figuraban en los censos de los Registros Imperiales." Los Fremen necesitan el agua hasta el punto de tener que reciclar la humedad de sus propios cuerpos (lo hacen mediante sus ropas: los "destiltrajes"), de ahí que acostumbren decir que "la educación viene de la ciudad, la sabiduría del desierto".

Y es que el Duque considera que los Fremen, al vivir en condiciones tan terribles y adversas, son una fuerza potencial importante y mortífera. Para lograr ponerlos de su lado manda un intermediario: Duncan Idaho.


Paul cuenta con varios preceptores: Gurney Halleck, Thufir Hawat, el mencionado Duncan Idaho y el doctor Wellington Yueh. Uno de sus deberes es hacerle comprender al joven Paul todo lo hostil y peligros que es Arrakis. Se le entrena en el manejo de las armas. Su padre le comenta: "Preferiría que nunca te vieras obligado a matar... pero si te ves enfrentado a ello, mata como puedas... con el filo o con la punta."

Una semana antes de partir a Arrakis, Paul comienza a tener sueños en los que aparece dicho planeta, se trata de sueños premonitorios, el chico sabe que un día conocerá a las personas con las que sueña. ¿Quiénes son? Los ya mencionados Fremen.

Los Fremen esperan un mesías y la escuela Bene Gesserit espera al Kwisatz Haderach.

¿Qué es la escuela Bene Gesserit? Una antigua escuela de adiestramiento mental y físico establecida primariamente para estudiantes femeninas. Tanto la Reverenda Madre como Dama Jessica (la madre de Paul) son parte de esa escuela.

¿Qué es el Kwisatz Haderach?, pregunta Paul y la Reverenda Madre le responde: "Cuando una Decidora de Verdad tiene el don de la droga, puede mirar en muchos lugares de su memoria... de la memoria de su cuerpo. Podemos mirar hacia muchas avenidas del pasado... pero únicamente a las avenidas femeninas. Sin embargo, hay un lugar donde ninguna Decidora de Verdad puede mirar. Nos vemos repelidas por él, aterrorizadas. Pero está dicho que un día vendrá un hombre que, con el don de la droga, podrá ver con su ojo interior. Podrá ver donde ninguna de nosotras podemos... en los pasados, masculino y femenino."

Paul es aquel a quien esperan los Fremen, también es el Kwisatz Haderach.

Una vez que los Atreides se instalen en Arrakis, el Duque Leto será traicionado por un hombre de su confianza. Y es que el Barón Vladimir Harkonnen tiene en usu manos al doctor Wellington Yueh.

Wanna, esposa de Yueh, es capturada y torturada por los Harkonnen. El Barón Vladimir Harkonnen promete detener las torturas si Yueh traiciona al Duque Atreides. Así, Yueh tendrá que drogar al Duque Atreides y entregarlo al Barón Harkonnen... pero hay planes dentro de los planes. Yueh espera que el Duque (mediante una cápsula de gas letal colocada en un diente falso) mate al Barón Vladimir. Además hace lo posible por ayudar a escapar a Paul y a Dama Jessica.


Lecciones 

Como escribí líneas atrás, Paul tiene varios preceptores. Le dan información acerca del planeta en el que vivirán y le hablan de los peligros a los que habrá que hacer frente. Tratan de que Paul adquiera ciertos hábitos. Así, Thufir Hawat, por ejemplo, se pregunta "¿Cuántas veces tendré que decirle que nunca debe dar la espalda a una puerta?"


De igual forma, se le entrena en el manejo de las armas. Paul debe aprender a tomar en serio dichos entrenamientos, debe asimilar que no se trata de juegos.

En uno de los entrenamientos con Gurney Halleck, "Paul empuñó otra espada, cimbreó la hoja con sus manos, y se colocó en posición de aguile, con un pie delante. Su gesto se hizo solemne, en una cómica imitación del doctor Yueh."

-Vaya idiota que me manda mi padre para enseñarme el manejo de las armas -entonó-. Ese pobre Gurney Halleck ha olvidado incluso la primera lección con armas y escudo. -Paul activó el cinturón y sintió la comezón en su frente y espalda y el prurito causado por la acción del campo de fuerza defensivo; los sonidos exteriores menguaron ostensiblemente con el característico efecto de filtro del escudo-. En el combate con escudo, la defensa es rápida y el ataque lento -dijo Paul-. El ataque no tiene màs finalidad que obligar al adversario a dar un paso en falso, para poder atacarle por la izquierda. El escudo detiene los golpes rápidos, ¡pero se deja traspasar por el lento kindjal! -Paul alzó la espada, fintó rápidamente y atacó con una lentitud calculada para atravesar las defensas automáticas del escudo. 

Halleck siguió su acción, se volvió en el último segundo y dejó que la hoja rozara su pecho.

-Excelente la velocidad -dijo-. Pero te has abierto completamente para ser ensartado con un golpe a fondo. 

Paul retrocedió iritado. 

-Debería azotarte el trasero por tu imprudencia -dijo Halleck. Tomó un kindjal desenvainado de encima de la mesa y lo blandió-. ¡Esto, en manos de un enemigo, hubiera podido hacer verter toda tu sangre! Eres un alumno bien dotado, pero nada más, y siempre te he avisado de que ni siquiera jugando dejes que un hombre penetre en tu guardia con la muerte en la mano. 

-Creo que hoy no estoy de humor para esto -dijo Paul. 
-¿Humor? -la voz de Halleck sonó ultrajadaincluso a través del filtro del escudo-. ¿Qué tiene que ver tu humor con esto? Uno combate cuando es necesario... ¡no cuando está de humor! El humor es algo para el ganado, o para hacer el amor, o para tocar el baliset. No para combatir.
-Lo siento, Gurney.
-¡No lo sientes lo suficiente!

Halleck activó su propio escudo, se puso en guardia, con el kindjal bien apretado en us mano izquierda, blandiendo la espada en la derecha. 

-Ahora, en guardia, ¡y en serio! -Hizo una finta hacia un lado, luego hacia adelante, y se lanzó a un furioso ataque. Sintió el crepitar de los campos de fuerza mientras los escudos se tocaban y se repelían, y la comezón eléctrica recorrió de nuevo su piel. ¿Qué es lo que le ocurre a Gurney?, se preguntó. ¡No está fingiendo! Paul movió su mano izquierda haciendo que el puñal sujeto a su muñeca se deslizara hasta su palma.

-Necesitas otra hoja extra, ¿eh? -gruñó Halleck. 

¿Es una traición?, se preguntó Paul. ¡No, Gurney no!

Siguieron combatiendo alrededor de toda la estancia, golpeando y parando, fintando y contrafintando. El aire en el interior de los escudos empezó a hacerse pesado, debido al excesivo consumo y a la lenta renovación a través del campo. A cada nuevo contacto de los escudos, el olor a ozono se hacía más intenso. 

Paul continuó retrocediendo, pero ahora dirigiendo su retirada hacia la mesa de ejercicios. Si consigo llevarle hasta allá, le mostraré uno de mis trucos, pensó Paul. Otro paso, Gurney. 

Halleck dio el paso. 

Paul paró otro golpe bajo, se ladeó, y vio la espada de Halleck estrellarse contra la esquina de la mesa. Fintó hacia un lado, lanzó a su vez un ataque con la espada y al mismo instante avanzó el puñal a la altura del cuello de Halleck. Detuvo la hoja a dos centímetros de la yugular. 

-¿Era eso lo que querías? -susurró Paul. 
-Mira hacia abajo, muchacho -jadeó Gurney. 

Paul obedeció, y vio el kindjal de Halleck bajo el borde de la mesa, apuntando directamente a su vientre. 

-Nos reuniríamos ambos en la muerte -dijo Halleck-. Pero debo admitir que combates un poco mejor cuando estás bajo presión. Ahora realmente estás de humor -y sonrió lobunamente, haciendo que la cicatriz de estigma de su mentón se crispara.

-El modo como me has atacado -dijo Paul-. ¿Hubieras derramado realmente mi sangre? 

Halleck apartó el kindjal y se irguió. 

-Si te hubieras batido un ápice por debajo de tus capacidades, muchacho, te hubiera hecho una buena señal, y siempre te hubieras acordado de esta cicatriz. No quiero que mi alumno favorito sucumba ante el primer vagabundo Harkonnen que acuda a su encuentro. 

Paul desactivó su escudo y se apoyó en la mesa para recuperar el aliento. 

-Me merecía esto, Gurney. Pero mi padre se hubiera puesto furioso si me hubieses herido. No quiero que seas castigado por mis errores. 

-En este caso -dijo Halleck- el error hubiera sido también mio. Y no tienes que preocuparte por una o dos cicatrices de entrenamiento. Eres afortunado por tener tan pocas. En cuanto a tu padre... el Duque me castigaría tan sólo si fallara en hacerte un combatiente de primera. Y hubiera fallado si no te hubiera explicado el error que cometías hablando de humor en algo tan serio como esto. 

Paul se irguió y devolvió el puñal a su funda de muñeca. 

-Esto no es exactamente un juego -dijo Halleck. 

Paul asintió. Se maravilló ante la insólita seriedad de la actitud de Halleck, su firme resolución. Miró la violácea cicatriz de estigma que adornaba la mandíbula del hombre, y recordó la historia que le habían contado acerca de que había sido la Bestia Rabban quien se la había causado, en un pozo de esclavos de los Harkonnen en Giede Prime. 


Paul explica que tenía ganas de jugar debido a que las cosas se han vuelto demasiado serias. A lo que Halleck le dice: "He notado este deseo de jugar en ti, muchacho, y no hubiera querido nada mejor que complacerte. Pero ya no podemos jugar. Mañana partiremos hacia Arrakis. Arrakis es real. Los Harkonnen son reales."


Traición 

Una vez que la Casa Atreides llega a Arrakis, se instala en la ciudad conocida como Arrakeen.

La noche de la traición, Yueh droga al Duque Leto, a Dama Jessica y a Paul. De igual forma, desactiva los escudos de protección de la casa para que puedan entrar los hombres del Barón Vladimir Harkonnen.

Dama Jessica y Paul son transportados al desierto, el plan es asesinarlos. A pesar de haber sido amarrados -y Dama Jessica amordazada-, se las ingenian para escapar. El doctor Yueh sabía que lo lograrían, por ello es que en el tóptero en el que los llevan al desierto coloca una destiltienda y ropas Fremen, además de una nota: "No intentéis perdonarme. No quiero vuestro perdón. Mi carga ya es bastante pesada. He actuado sin maldad y sin esperanzas de ser comprendido, ha sido mi tahaddi al-burham, mi última prueba. Os dejo el sello ducal de los Atreides como testimonio de que escribo la verdad. Cuando leáis esto, el Duque Leto habrá muerto. Pueda consolarlos mi afirmación de que no morirá solo, que aquél al que odiamos todos nosotros más que a nada en el mundo morirá con él."

¿Qué sucede cuando Yueh entrega al Duque Leto?

-Ahhh, doctor Yueh. 
-Mi señor Harkonnen.
-Me habéis entregado al Duque, por lo que he oído. 
-Era mi parte del trato, mi Señor. 

El Barón miró a Piter.

Piter asintió.

El Barón miró de nuevo a Yueh. 

-El trato al pie de la letra, ¿eh? Y yo -escupió las palabras-: ¿Qué debía hacer a cambio? 
-Lo recordarás perfectamente, mi señor Harkonnen. 

Y Yueh empezó a pensar de nuevo, escuchando el silencio pesado de los relojes de su mente. Vio la sutil traición en la actitud del Barón. Wanna estaba muerta... se hallaba más allá de su alcance. De otro modo, hubiera buscado aún mantener en su puño al débil doctor. La actitud del Barón revelaba que no había esperanza: todo había terminado. 

-¿De veras? -dijo el Barón. 
-Prometísteis librar a mi Wanna de su agonía.

El Barón asintió. 

-Oh, sí. Ahora lo recuerdo. Eso dije. Esa fue mi promesa. Así es como conseguimos vencer el Condicionamiento Imperial. No podíais soportar ver a vuestra bruja Bene Gesserit retorcerse en los amplificadores de dolor de Piter. Bien, el Barón Vladimir Harkonnen mantiene siempre sus promesas. Os dije que la libraría de su agonía y que permitiría que os reuniérais con ella. Así será. -Levantó la mano hacia Piter. 

Los azules ojos de Piter destellaron con una fría mirada. Su movimiento fue fluidamente felino. El cuchillo brilló como una garra en su mano antes de hundirse en la espalda de Yueh. 

El anciano se puso rígido, sin dejar de fijar su atención en el Barón. 

-¡Ahora reúnete con ella! -restalló el Barón. 

Yueh permaneció en pie, vacilante. Sus labios se movieron con lenta precisión, y su voz resonó con una extraña cadencia: 

-Vos... creéis... que... me... habéis... destruido. Vos... creéis... que... yo... no... sabía... que... me... había... comprado... por... mi... Wanna...

Cayó. Sin doblarse ni derrubarse. Cayó como un árbol cortado por su base. 

-Reúnete con ella -repitió el Barón. Pero sus palabras parecían un débil eco. 

Yueh había suscitado un presentimiento en él. Sus ijos se fijaron en Piter, que limpiaba la hoja con un trapo, y observó una profunda satisfacción en sus azules ijos. 

Así es como mata con su propia mano, pensó el Barón. Es bueno saberlo. 

-¿Nos ha entregado realmente al Duque? -preguntó el Barón. 
-Ciertamente, mi Señor -dijo Piter. 
-¡Entonces, tráelo aquí!

Piter miró al capitán de la guardia, que se volvió para obedecer. 

El Barón bajó sus ojos hacia Yueh. Por la forma como había caído, uno podía sospechar que todos sus huesos eran de duro roble. 

-Nunca confiaré en un traidor -dijo el Barón-. Ni siquiera si el traidor lo he creado yo. 


Finalmente, el Barón Harkonnen y el Duque Leto Atreides se encuentran:

Leto sentía que sus fuerzas volvían a él. Y ahora, el recuerdo de aquel falso diente resonaba en su mente como una campana en medio de una inmensa y plana llanura. La cápsula en forma de nervio en el interior de aquel diente... el gas letal... recordó quién le había implantado aquella mortal arma en us boca.

Leto sólo tiene que morder la cápsula cerca del Barón... Desgraciadamente el Duque no logra matar a Vladimir Harkonnen.


 Transformación

A partir de este punto -la llegada al desierto- Paul deja de ser el que era. Dama Jessica nota el cambio en su hijo.

Paul se dirige a su madre con una agresiva dureza. De igual modo, Jessica se estremece ante la evaluación que de las posibilidades hace el joven; de hecho, "Sintió que la mente del muchacho había rebasado la suya, y que él veía ahora mucho más lejos que ella. Ella misma habría contibuido a adiestrar aquella inteligencia, pero ahora descubrió que le inspiraba miedo."


Paul descubre -y enfrenta con sobresalto- el nuevo nivel en sus capacidades mentales.

La mente de Paul siguió funcionando con gélida precisión. Descubrió nuevas avenidas abiertas para ellos en aquel planeta hostil. Sin ni siquiera la válvula de seguridad de un sueño, enfocó su presiente consciencia, viéndolas como el cálculo de sus más probables futuros, pero con algo más, una franja de misterio... como si su mente se sumergiera en algún estrato intemporal donde soplaban los vientos del futuro. 

Bruscamente, como si acabara de encontrar la llave necesaria, la mente de Paul ascendió otro peldaño en su consciencia. Sintió que estaba acercándose a otro nivel, sosteniéndose en aquel precario asidero y mirando a su alrededor. Era como el centro de una esfera a partir del cual las avenidas irradiaban en todas direcciones... pero esto era tan sólo una aproximación a sus sensaciones. 

Recordó haber visto, en una ocasión, un pañuelito de gasa flotando al viento, y ahora percibió así el futuro, retorciéndose como aquella ondulante y variable superficie del pañuelo. 

Vio gente. 

Experimentó el calor y el frío de incontables posibilidades. 

Reconocía nombres y lugares, experimentaba emociones sin número, recibía datos de innumerables e inexploradas fuentes. Tenía todo el tiempo para sondear y probar y examinar, pero no tiempo para modelar. 

El todo era un espectro de posibilidades desde el más remoto pasado hasta el más remoto futuro... desde lo más probable a lo más improbable. Vio su propia muerte en innumerables versiones. Vio nuevos planetas, nuevas culturas. 

Gente. 

Gente. 

Multitudes innumerables que no podía contar, pero cuya mente podía catalogar. 

Y los hombres de la Cofradía. 

Pensó: La Cofradía... este podría ser un camino para nosotros; allí mi rareza sería aceptada para nosotros; allí mi rareza sería aceptada como algo familiar de gran valor, siempre que pudiera asegurarla suplementariamente con la ahora necesaria especia. 

Pero la idea de vivir toda su vida con la mente tanteando aquel amasijo de futuros posibles que guiaba las naves espaciales le aterrorizó. De todos modos, era un camino. Y afrontando aquel futuro posible con los hombres de la Cofradía reconoció su propia rareza. 

Tengo otra visión. Veo otro paisaje: todos los senderos abiertos. 

Este pensamiento despertó su seguridad y su alarma... demasiados lugares, en aquel otro modo suyo de ver las cosas, desaparecían o giraban fuera de su vista. 

Asì, tan rápida como había venido, la sensación le abandonó, y comprendió que toda la experiencia había durado tan sólo el tiempo de un latido. 

Pero su consciencia había sido sacudida, cegada por una terrible luz. Miró a su alrededor. 

La noche envolvía aún la destiltienda rodeada por los rocas. El agudo dolor de su madre llegó de nuevo hasta él.

Y su propia ausencia de dolor... Su mente era como una cavidad profunda separada del resto, continuando implacable su tarea de recibir datos, evaluarlos, calcularlos, rítmicamente, planteándose las preguntas y planteando las respuestas del mismo modo que un Mentat. 

Y supo que eran pocas las mentes que habían acumulado nunca una tal abundancia de datos. Pero no por ello la profunda cavidad que era su mente resultaba soportable. Sintió que algo tenía que romperse. Era como si el mecanismo de relojería de una bomba hubiera empezado a tictaquear dentro de él, más allá de sus propios deseos. Percibió las minúsculas variaciones en torno suyo... un ligero aumento de la humedad, una fracción de descenso de la temperatura, el lento avanzar de un insecto sobre el techo de la destiltienda, la solemne progresión del alba en el ángulo de cielo constelado de estrellas visible a través de la parte transparente de la tienda. 

El vacío era insoportable. El saber cómo había sido puesto en marcha el mecanismo de relojería no marcaba ninguna diferencia. Podía mirar hacia su propio pasado y ver su inicio: el adiestramiento, la afinación de sus talentos, las refinadas presiones de sofisticadas disciplinas, el descubrimiento de la Biblia Católica Naranja en un momento crítico... y, finalmente, la inclusión de la especia. Y podía mirar también hacia adelante -en las más terribles direcciones -y ver adonde conducía todo esto.  

¡Soy un mostruo!, pensó. ¡Un fenómeno!

-¡No! -dijo. ¡No. No! ¡NO!

Descubrió que estaba dando puñetazos contra el suelo de la tienda. (La implacable parte de él registro esto como un interesante dato emotivo y lo integró a los otros factores). 

Jessica, al escuchar el sufrimiento de su hijo, pensó: "No hay ningún rastro de niño en su voz."

Paul ya no es el mismo jovencito que salió de Castel Caladan. La infancia ha quedado atrás... Y más adelante experimentará otras transformaciones.

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