martes, 5 de marzo de 2013

El cuento de Fray Manuel Antonio de Rivas ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España

En Las patillas de Asimov publiqué dos entradas acerca de las "Sizigias y cuadraturas lunares" de Fray Manuel Antonio de Rivas (ver aquí y aquí). En su libro La literatura perseguida en la crisis de la ColoniaPablo González Casanova comenta la historia escrita por Antonio de Rivas y explica lo que los inquisidores pensaron al respecto. Veamos lo que escribió sobre esto último:

El espíritu moderno de su autor, la fantasía ilustrada del argumento, y en general lo inusitado de la imaginación, todo se confabula para inquietarlos (a los inquisidores). Se hallan frente a un hombre totalmente distinto a ellos y lo van a juzgar. Sus reacciones son muy curiosas. Si el cuento hubiera sido un discurso filosófico que afirmara tales o cuales verdades, no se hubieran detenido en emitir la condena. Pero la imaginación les tiende una trampa y no saben cómo escapar. No reconocen fácilmente el delito, ni pueden reducirlo a los cánones de las herejías. Sin embargo, se esfuerzan por cumplir su cometido y ante ellos se presentan varias posibilidades. O consideran el cuento como un simple ejercicio literario y declaran inocente a su autor, o reparan en los supuestos de la filosofía experimental que contiene y señalan que el autor es un filósofo ilustrado, digno de castigo. De estas posibilidades los inquisidores solamente recogen las dos primeras: nada dicen contra el espíritu moderno, nada sobre las críticas a la filosofía de la escuela, ni sobre los elogios a la física experimental, ni sobre el sentido copernicano de la carta, ni sobre la crítica a la Inquisición que hace el inventor cuando señala la amenaza de la hoguera. Los supuestos filosóficos de las fantasías se ocultan a los inquisidores; las bases reales que sirven para tramar el cuento, el uso de todas las posibilidades que presenta la nueva filosofía a la imaginación, todo eso les pasa desapercibido. Sólo reparan en la fantasía misma, para atacarla o defenderla con sus razonamientos bizantinos. 


Entonces quedan las dos posibilidades señaladas. Unos consideran la fantasía como mito, como creencia, como juicio asertorio. Otros consideran la fantasía como un apólogo, como un juego, como un juicio imaginativo. Los primeros se ponen a descubrir las heterodoxias del mito y de las creencias, y se van perdiendo en razonamientos infinitos, grotescos: el autor de la carta de la Luna, al hablar del materialista –dicen con la mayor seriedad- se separa del sentir universal de la Iglesia y del ofertorio de la Misa de Difuntos que no conocen más infierno que el del centro de la Tierra, y además, al suponer que el influjo de los astros pone a los moradores de Yucatán en necesidad inevitable de ejercer todos los vicios concebibles, acaba con el libre albedrío y se convierte en un hereje. Sentada la acusación, sigue la prueba con nuevos razonamientos. Los inquisidores observan que en la Sagrada Escritura se habla del infierno en singular y no en plural (Mortus est Dives et sepultus est in inferno); pero encuentran dos graves excepciones; en el Credo de la Fe y en el Símbolo de San Atanasio se dice: descendit ad infernos. Es necesario interpretar bien el texto; de otro modo el acusado resultaría inocente. Los inquisidores demuestran que se usa el plural porque su incluye al limbo y al purgatorio. Ya está dada la prueba y el autor condenado. Sin embargo es necesario ser cuidadoso y buscar otros textos; acumular pruebas. Pronto encuentran que en el apéndice sobre el artículo primero de la cuestión sesenta y nueve del suplemento del Angélico Doctor, Serafino Aporreta hace mención de aquellos enemigos de los dogmas católicos, que dan diversas mansiones a las almas separadas en tanto llega el día del juicio. Ahí está la cuestión. Entre esos enemigos se encuentran quienes han interpretado mal aquel pasaje de San Agustín que dice: aer caliginosus est quasi carcer daemonibus osque ad tempus judicis. Por una interpretación equivocada de las palabras del Santo, piensan estos enemigos que las almas de los condenados, semejantes a los demonios, serán encarceladas en el aire caliginoso ad tempus. Es el mismo error que comete el acusado, y ese error, afortunadamente, ha sido refutado y desvanecido por Santo Tomás, cuando explica que los demonios están encarcelados en el aire caliginoso del otro orbe, no porque allí habiten de asiento, como en lugar propio de pena, sino porque la Divina Providencia permite que salgan del infierno algunos demonios transeúntes, para ejercitar a los hombres en el sufrimiento y en la paciencia. Con este claro y erudito razonamiento nada queda sino declarar convicto de error al autor de la carta de la Luna. Pasan, pues, al segundo cargo, y declaran que en buena lógica escolástica es imposible afirmar que los cuerpos celestes –el Sol, la Luna, las estrellas y los demás astros de la esfera- hagan impresión alguna sobre el carácter de los habitantes de la Tierra, les produzcan vértigos o desvanecimientos de cabeza, los pongan en necesidad de darse a vicios torpes o de ejercer actos pecaminosos, pues ¿cómo imaginar que siendo el alma incorpórea por naturaleza, se pueda torcer a influjos del cuerpo?¿Cómo decir que siendo nobles las potencias del entendimiento y de la voluntad, activas y no pasivas, libres y no esclavas, vayan a estar expuestas a la necesidad y a la coacción? Decididamente el autor de la carta de la Luna es hereje; niega el libre albedrío y en sus afirmaciones contraría la esencia del alma humana. Han sido probados los cargos y el autor condenado. 


Viene la defensa. Es una defensa muy sabia, y también muy erudita. Tres hechos trata de probar: que la obra fantástica no está reñida con la fe y que los cargos sobre el infierno y el libre albedrío son infundados. El defensor obra con la misma probidad que los censores, y con espíritu todavía más minucioso. Pero en su argumentación se detiene con regocijo especial en la prueba de la fantasía, un acto que ha sido respaldado por todas las autoridades, incluyendo la Divina.
Es tan recomendable, tan antiguo y tan canonizado el uso de los apólogos –escribe- que se puede calificar como el primero, el que se encuentra no menos que en los libros canonizados por el Espíritu Divino, en el capítulo nueve del Libro de los Jueces, donde refiriéndose sucesos del año dos mil setecientos sesenta y nueve de la creación del mundo, y mil doscientos y treinta y cinco antes de la Encarnación del Divino Verbo, se introducen unos árboles inanimados, que tratan de la elección y acción de su rey, como hacían entonces varias naciones y gentes.
El defensor pasa a formular dos listas sobre los apólogos y sus autores, una tomada de los gentiles y otra de los cristianos. Con ellas espera anonadar a los enemigos de la fantasía. Entre Los gentiles cita como autores de apólogos a Fedro, Avieno, Meiato, Esopo, Orfeo, Pitágoras, Menandro, Apuleyom Hesiodo (a quien señala Quintiliano como creador del género); cita a Platón, Demóstenes, Macrobio, Horacio, Aulo Gelio y Cicesón. Añade que Aristóteles dio tanto valimiento a los apólogos que los puso en el número y clase de las Retóricas Demostraciones, y que Antonio sostuvo que los apólogos deleitan con vehemencia y persuaden con más valentía y eficacia; “deleitan porque con cierta graciosa y festiva imitación de las costumbres arrebatan el embeleso de los inocentes, y persuaden, porque dando a la verdad cierto bulto, la ponen como perceptible por los sentidos.” Todos esos autores y otros, cristianos y gentiles, siempre celebraron estas fantasías de griegos y romanos, que trataban de corregir los vicios y costumbres relajadas de los hombres, con esa especie de escritos agudos, eruditos, persuasivos, festivos y elegantes. En la Biblia y en la obra de los Padres de la Iglesia no faltan tampoco los apólogos, con lo que el género queda plenamente consagrado y es hasta digno de encomio. En el Libro IV del los Reyes, capítulo cuarto, versículo nono, se halla el apólogo del cardo y el cerdo; en el undécimo de Isaías, versículo sexto, se hallan los del lobo y el cordero, el tigre y el cabrito, el león y la oveja, el becerro y el oso; en el decimonono de Ezequiel, desde el versículo segundo hasta el noveno, el de la leona y sus hijuelos; en el capítulo veintitrés del mismo profeta, el de las rameras Oola y Oliva, y en el capítulo decimoséptimo, versículos tres y siete, el de las dos águilas de  extraordinaria magnitud; en el capítulo catorce, versículo doce de Isaías, el de Lucero o Lucifer; en el capítulo quinto de Zacarías, el del cántaro en que tenía la impiedad su silla. Por todas partes se encuentran apólogos y en todos los libros santos: en el Eclesiastés, en los Proverbios, en el Libro de Salomón, en los Evangelios de San Mateo, San Lucas, San Marcos y San Juan. Pero además, los santos padres de las dos iglesias, griega y latina, conocieron bien la utilidad de los apólogos e hicieron frecuente uso de ellos. Sinesio escribió en el Sermón Primero de la Providencia que los niños y los rudos deben ser instruidos por fábulas y apólogos. San Sirino escribió un prólogo a los apólogos morales, muchas veces citado por Dionisio Cartesiano; y San Agustín se empeñó en probar, en el Libro contra la mentira, que los apólogos que por cosas fingidas significan las verdaderas, no son mentiras. San Clemente Alejandrino se valió de los apólogos de Orfeo, Lino, Homero, Platón y Pitágoras, para corregir a sus compatriotas con las mismas armas que tenías; San Gregorio Nacianceno, en su Epístola Primera a Seleucio, concibió el elegante apólogo de las golondrinas y los cisnes y el del concilio entre ánsares y grullas, en que describe diferentes géneros de vida, y en el Tratado contra los adornos mujeriles, el de Pandora y Prometeo; San Ireneo se valió del apólogo del lapidario que redujo a imágenes de perro y zorra la efigie de cierto monarca, y también del apólogo del morrión del Orco o del Infierno, que hacía invisibles a los que lo llevaban sobre sus hombros; San Jerónimo, en el capítulo octavo de Ezequiel, repitió difusamente el apólogo de Adonis y lo explicó moralmente. En fin, usaron apólogos, San Basilio en el Examerón, San Epifanio en su Fisiólogo, Teodoceto en el Libro de la Providencia, San Ambrosio en el libro tercero de los Oficios, San Isidoro de Sevilla en el primero de las Etimologías, y Tertuliano en infinitas páginas de sus obras. 


Con esta copiosa lista de autoridades clásicas y cristianas, humanas y divinas, el defensor está seguro de haber probado el derecho a ejercitarse en la fantasía. ¿Quién después de esa lista imponente se atrevería a enjuiciar a los fantaseadores y a los imaginativos? Sin embargo, hay dos cargos más contra el acusado y es necesario también destruirlos. Con las pruebas acumuladas podría decir que esos dos cargos son infundados, puesto que se basan en hechos imaginarios y fantásticos, y no son juicios de realidad alguna; pero dejando a un lado este razonamiento, pasa a considerarlos como si fueran las más graves sentencias. Por lo que se refiere al infierno asegura que nada se sabe de su ubicación, porque “lo único que se nos dice y creemos es que el infierno está en un lugar oscuro y profundo a donde el modo de ir es descendiendo o cayendo”. Si el autor lo coloca en el Sol nada importa porque quien adopte el sistema copernicano sacará como consecuencia que quien va al empíreo asciende, sube o va a lo más alto, y quien va al Sol desde la Tierra va a lo profundo, desciende o baja. Con que, ¿dónde está la herejía? Al defensor, ya ni siquiera se le ocurre que el sistema copernicano sea una herejía.
Por lo que se refiere al influjo de los astros y del clima sobre los habitantes del mundo, recuerda aquellas palabras del Calímaco que San Pablo tenía por verdaderas: Cretenses semper mendaces, male bestie, ventres pigri; cita las razones que da Platón en Las Leyes sobre el espíritu de las naciones, y después afirma que sin la gracia de Jesucristo la dificultad o impotencia para lo bueno es en unos mayor y se manifiesta más que en otros, porque el clima, el temperamento, el aire que se respira, el agua que se bebe, los manjares que se comen, las gentes con quienes se trata y los objetos que se perciben, tienen cierto poder en nuestros sólidos y en nuestros humores y los ponen en un tono más desproporcionado para los vicios.
De este modo –añade- se ha notado que en cada nación o reino sobresalen ciertos vicios más que en otros, como en España la soberbia, en Francia la fraudulencia, en Italia la lujuria, en Holanda el desaliño y la libertad desenfrenada, en Inglaterra la turbulencia, en Suecia la superstición, en Alemania la prodigalidad, en Hungría la inconsistencia, en Polonia la ostentación, en Moscovia la mezquindad, y en las regiones y ciudades marítimas las costumbres más relajadas.
En esa forma cree haber probado que las expresiones consignadas no tienen cosa alguna contra la doctrina sana, ni merecen censura teológica; y que en la suposición de que se tratara de un apólogo, como lo demostraba ampliamente el texto, el autor bien podía haberse valido de la hipótesis del movimiento de la Tierra, y haberse burlado de la idea de Swiden de que el infierno se halla en el Sol. El fiscal queda más o menos convencido del argumento de la defensa, y ya ha ordenado que se suspenda el proceso, cuando llega a sus manos una carta del padre Rivas, fechada en el convento de San Francisco de Mérida, en la que se queja de las vejaciones a que lo han sometido sus hermanos, a pesar de estar amenazado de muerte y de tener a la sazón una edad septuagenaria: “Pido –dice- se me restituya mi fama a su antiguo esplendor y se termine el proceso...”
Han pasado muchos años, y en todos ellos se ha desarrollado una tragedia en el interior del convento, donde vivía un hombre moderno que poseía una nueva fantasía. Mientras tanto sus jueces se han entregado a una investigación minuciosa de sus pecados imaginativos, han hecho infinitos razonamientos en torno a su obra fantástica, y han acabado abandonando el proceso, por falta de pruebas sobre la culpabilidad del cuentista. De los demás delitos, se han ido desentendiendo y no les han preocupado ni las costumbres, ni las ideas del acusado. Ha sido su fantasía la que los ha atraído y los ha hipnotizado. En ella y sólo en ella han querido encontrar el delito. Únicamente después de mil esfuerzos y de mil tentativas por encontrarlo, se han dado por vencidos. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿A qué se debe este prejuicio contra la fantasía? ¿Este interés primordial en lo fantástico?
Puede decirse que los inquisidores de la acusación y de la defensa, no han comprendido un ápice ni al autor ni la prueba del delito. En esta tragedia hay de por medio una infinita incomprensión para el hombre moderno, cuando se le acusa y cuando se le defiende. Los inquisidores se han fijado en la fantasía sin mirar sus supuestos. En todo caso lo que debían haber defendido o condenado eran esos supuestos, verdaderamente modernos, y seguramente heréticos para su ideología de inquisidores. Sobre esos supuestos que sí implicaban juicios de realidad y juicios anticristianos, el acusado había desarrollado toda una historia fantástica. Sobre esos supuestos que concebían el ser con una filosofía moderna el acusado había elaborado un no ser fantástico. Pero los inquisidores no sabían que al imaginar había la posibilidad de cambiar de supuestos. Estaban acostumbrados a manejar siempre las formas constituidas, y bajo esas formas lo juzgaban todo, incluso la imaginación. Así, habían reparado en la fantasía, porque la fantasía era una forma elaborada por los supuestos de la filosofía moderna; pero no habían reparado en estos supuestos para nada, ni durante la acusación, cuando habían confundido la fantasía profana con el mito, con la religión, con una fe heterodoxa; ni durante la defensa, cuando habían justificado el cuento porque los cuentos y apólogos habían merecido incluso la atención divina. La acusación había cometido un error lamentable: había cambiado los juicios imaginativos en juicios de realidad; la defensa había cometido otro error no menos lamentable; había defendido la fantasía y los apólogos, independientemente de sus supuestos ortodoxos o heterodoxos, cristianos y heréticos. Todo esto era producto de una incomprensión. Al hombre moderno se le juzgaba por los productos imaginativos de su filosofía, o se le defendía ignorando la existencia de esa filosofía.

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