miércoles, 29 de diciembre de 2010

Negocio
Puso a trabajar a la morena el mismo día que le cosió las alas...

“El negro” había perdido la paciencia. Por ello se deshizo de la otra, de la rubia.

Pero la güerita sí era natural. Un ángel de los de verdad. Era hermosa, de rasgos infantiles y cuerpo escultural. Sabía que de tenerla entre sus filas sería un rotundo éxito, el mejor negocio de su vida. Por ello es que se las ingenió para atraparla.

Pero no pudo obligarla.

Argumentos y madrazos fueron insuficientes para convencerla.

La chica encontró su destino el día que fue encerrada para que le hiciera un trabajito al “loco”, uno de los clientes frecuentes. Fingió acceder a la petición del loco y de una mordida le arrancó la verga.

El pobre diablo salió tambaleándose de la habitación con las manos en lo que le quedaba de genitales, tratando inútilmente de detener la hemorragia. Entró a la oficina del negro.

“¡No mames, cabrón! ¡Mira lo que me hizo tu putita. ¿Qué vas a hacer? ¡La pendeja me desgració! Tú y ella me la van a pagar...”, dijo lloriqueando.

El negro se levantó de su escritorio.

"¡No te quedes ahí parado como imbécil, llama una ambulancia!", ordenó el loco angustiado. El dolor le impidió permanecer de pie.

El negro sacó la pistola que llevaba en el cinturón y sin pensarlo disparó. Las muchachas veían todo desde afuera.

Algo así podía provocar la ruina de su negocio. No podía arriesgarse a la venganza de un hombre al que le han desgraciado la vida en un putero clandestino. Por ello es que se vio obligado a matar al loco.

“Avísenle al Pancho para que limpié este desmadre.”, dijo y se dirigió a la habitación donde momentos atrás el loco había sido despojado de su miembro.

Tampoco podía pasar por alto la rebeldía de una de las chicas, si no le daba un castigo ejemplar quién sabe qué ideas podrían pasar por la mente de las otras.

“Reinita chula, sabes lo que acabas de hacer, ¿verdad?”, espetó y la tomó de los cabellos. La sacó del cuarto para que todas vieran lo que estaba a punto de hacer.

Jamás había golpeado a alguien de forma tan brutal, nunca había recurrido a ese grado de violencia. Pero ninguna se atrevió a decir algo. Algunas lloraron, otras desviaron la mirada...

“Te hubiera ido muy bien, de verdad. Podrías haber sido la princesa de este lugar. Eres superior a todas. ¡A todas! ¡¡Ellas son basura junto a ti!!”, sabía que las chicas se sentirían ofendidas con sus palabras, pero también sabía que eran incapaces de levantar un dedo para protestar.

Sacó nuevamente la pistola. Pancho intentó decir algo, pero guardó silenció ante la mirada amenazante que el negro le lanzó.

“Reinita chula, tú lo quisiste”.

Disparó. Sólo una vez. A la cabeza.

Todos tuvieron una sensación de angustia, incluyendo al negro... Pero no había lugar para el arrepentimiento.

“Pancho, trae una navaja.”

El joven obedeció.

“Córtale las alas”.

El joven titubeó.

El negro sabía que no sería obedecido, no porque Pancho tuviera los suficientes tamaños para rebelarse. “Dame la navaja, tienes los güevos tan chiquitos que jamás te atreverías a hacerlo, ¿verdad?... ¡Maricón de mierda!”

El negro se arrodilló y le cortó las alas.

“Deshazte del cadáver, eso sí lo puedes hacer, ¿no?”

Pancho asintió con la cabeza.

Sosteniendo las alas el negro se aproximó a sus muchachas y las comenzó a examinar con detenimiento.

Se detuvo ante la nueva, una niña de 17 años que aún era virgen; apenas la habían traído –con engaños, claro- el día anterior. El negro le ordenó que lo siguiera a la oficina.

Y es que el negro sabía cómo hacer para cobrar más por ella. No por nada era el rey de los prostíbulos...

Sí, ya lo dije, la puso a trabajar el mismo día que le cosió las alas a la espalda.

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