miércoles, 25 de enero de 2012

Otro autor, otra dedicatoria

El filósofo Óscar de la Borbolla (quien aparece frecuentemente en los programas de tv que realiza Andrés Roemer), publicó en 1996 su libro La ciencia imaginaria, relatos de un mundo paralelo.



Se lee en la contraportada:

Los inventos y teorías que las distintas ciencias están por ofrecer al mundo, aparecen como una realidad en este libro. La imaginación de Óscar de la Borbolla permite que nos asomemos no sólo a los prodigiosos descubrimientos que, seguramente, el futuro nos reserva, sino a las crisis humanas y sociales que esos avances tecnológicos traerán.

Historias insólitas, amenas, extraordinariamente escritas y trabajadas con inigualable humorismo componen La ciencia imaginaria. Un libro de cuentos donde la genética, la física cuántica, la astronomía, la cibernética, la criminología, la química, la medicina, etcétera, sirven para divertirse y soñar. No es ciencia ficción; es más bien un espejo irónico de nuestro tiempo o, como su autor le llama, una "ucronía".

Fragmento de uno de los textos:

Banco de Recuerdos

Este banco, como funcionaban antes del sida los de sangre, se dedica a comprar a los pobres sus mejores recuerdos, para almacenarlos y venderlos a quienes desean tener un pasado más pleno: a l donador, por ejemplo, le quitan el recuerdo feliz de un día de campo y se lo implantan en la memoria al comprador, quien una vez terminada la transfusión es incapaz de distinguir el recuerdo postizo de lo que realmente ha vivido.

Con el argumento: “Usted ya lo vivió, deje que otro simplemente lo recuerde”, muchos pobres infelices están malbaratando su luna de miel, sus fiestas de cumpleaños, su juventud entera, los momentos de concordia familiar que han disfrutado y, mientras que para algunos la vida se enriquece, pues su pasado se ensancha con nuevos y maravillosos recuerdos, en el caso de los otros se angosta y, cuando salen del banco, no conservan más que la delgada memoria de los días ingratos de penuria, el recuerdo de los velorios, de los tiempos de enfermedad y de dolor.

El vampirismo de la memoria, como podría denominársele, no es un delito, pues no aparece tipificado en el Código Penal; pero, sin duda, deberían dictarse leyes para proteger el único patrimonio con que cuentan los pobres: los pocos ratos buenos vividos. El Banco de Recuerdos es un gravísimo atentado contra la identidad y un crimen más contra los desposeídos.

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