viernes, 9 de septiembre de 2011

Ideas delirantes y pensamiento crítico

Luis Ruiz Noguez

¿Un poco de cultura puede terminar con la credulidad de ciertas personas? En un estudio realizado en 1979 en la Universidad de California, por los doctores Barry Singer y Victor Benassi, asesorados por el mago e ilusionista Craig Reynolds, se intentó investigar el grado de credulidad de la gente. El objetivo del estudio era determinar la disposición emocional de las personas (en este caso universitarios, estudiantes de psicología) a creer en la realidad de los así llamados fenómenos PSI, en dos grupos de estudiantes homogéneos.

A un grupo de alumnos de la universidad se les presentó a Craig como un “alumno que trata de desarrollar su PES (Percepción Extra Sensorial)”. Al otro se le dijo que era “un mago que trata de perfeccionar su acto de magia y sus trucos”.

En ambos grupos Craig presentó la misma serie de trucos: “lectura” de pensamiento (psicognósis); doblado de metales, como barras de acero inoxidable, por medio de su “fuerza mental” (psicokinesis) y otros supuestos prodigios. Luego de la presentación se aplicaba un cuestionario en el que se preguntaba de qué forma creían que se habían realizado los fenómenos.

Un 66% de los integrantes del grupo al que se le había informado de que todas estas maravillas se debían a los fabulosos “poderes mentales” de Craig contestó que éste había utilizado su PES y que ésta era debida a ¡fuerzas desconocidas!

Otro estudio similar, conducido esta vez por Scott Morris de la Universidad de Illinois tenía como objetivo determinar si era posible influir en la creencia en lo paranormal de los alumnos que cursaban el primer año de psicología.

El diseño del experimento seguía, más o menos, el mismo patrón que el de la Universidad de California. Un mago presentaba una serie de tres trucos y luego se preguntaba a los alumnos su opinión al respecto.

En uno de los grupos, después de la presentación del mago, Morris explicaba, en no más de tres minutos, el mecanismo de dos de los tres trucos. “El tercero no lo voy a revelar –dijo- porque deseo que experimenten el sentimiento de que nuestra incapacidad para explicar un fenómeno no lo convierte en sobrenatural.”

Al segundo grupo no se le explicaba la técnica sino que se le daba una plática de 50 minutos en la que se impugnaba la calidad de las evidencias a favor de la PES.

Los resultados establecieron que la explicación de 3 minutos del cómo se habían realizado los trucos fue más eficaz para hacer brotar el escepticismo que la conferencia de 50 minutos en la que se echaba mano de argumentos que se ceñían a las leyes de la naturaleza y a fenómenos físicos o químicos. Probablemente la razón era el escaso conocimiento de los estudiantes en esas ramas de la ciencia.

Morris, como colofón a su experimento, encontró que este tipo de lección no se restringía a ese caso en particular pues los estudiantes trasladaban la misma actitud crítica y escéptica a otros campos.

Otro caso más. Douglas F. Stalker, profesor de filosofía de la Universidad de Delaware se ha dedicado a organizar ferias científicas en las que disfrazado como el Capitán Rayo de Luz se dedica a “destronar la mentalidad mágica mediante su ridiculización cómica.”

Stalker inventa convincentes –pero ridículas- supercherías, explica cómo hace para construirlas y luego invita al auditorio a experimentar por sí mismo. “Una charla nunca tendrá el mismo poder de convicción que la experiencia personal”, sentencia el científico enmascarado.

Más cercano a nuestro sentir latino, Claudio Benski, físico argentino afincado en Francia y miembro del Comité Francés para el Estudio de los Fenómenos Paranormales (CFEFP), llevó a cabo un curioso experimento con sus alumnos de la Universidad de Grenoble (Departamento de Ingeniería).

Como en la mayoría de las universidades, en Grenoble se contempla, dentro de los planes de estudio, la impartición de cursos sobre el método científico. Benski propuso dictar un seminario sobre esta herramienta fundamental del conocimiento a 24 estudiantes de ingeniería. La intención era simular la creatividad científica aplicando “el método” al estudio de supuestos fenómenos paranormales.

Evitando influir en la actitud de sus alumnos, Benski mantuvo una actitud neutral. Por principio de cuentas se instruyó a los alumnos en el uso y manejo de las técnicas estadísticas básicas, en el diseño de experimentos y en la búsqueda de referencias bibliográficas. Al final del curso cada alumno debería presentar un proyecto de investigación. Los temas eran por demás curiosos: Efectividad de los biorritmos, piscokinesis, clarividencia, influjo de la Luna en el número de nacimientos, curanderismo... Veamos cómo abordaron estos problemas algunos de los alumnos.

Los que se interesaron en la efectividad de los clarividentes y futurólogos estudiaron las profecías de más de 15 de estos charlatanes, publicadas en los periódicos. Se inventó un sistema de clasificación que daba mayor puntación a visiones del futuro poco probables, y valores bajos a profecías de eventos muy probables.

En una primera aproximación se vio que, en general, los “videntes” acostumbran dar vaticinios no riesgosos y con una alta probabilidad de ocurrencia. Por ejemplo: “Habrá un terremoto” (sin definir fecha ni lugar con precisión). Ninguno de los “videntes” de este estudio fue capaz de predecir grandes acontecimientos mundiales, ni de chiripa.

Para poder determinar la probabilidad de acertar al azar, se calculó el número de predicciones totales realizadas por cada psíquico. Era más probable que aquellos que hacían miles de predicciones acertaran en algunas cuantas. El mago que más acertó tuvo un promedio del 62% de aciertos, pero en todos los casos había una alta probabilidad de preverlos por puro sentido común. Sus predicciones eran del tipo: No habrá guerra nuclear este año. De hecho “un lector promedio debería tener mejores poderes predictivos que cualquiera de los videntes analizados”, fue la conclusión a la que se llegó en este proyecto.

En otro estudio se analizó a los curanderos que aparecen anunciados en la prensa. Estos tipos afirman poder dar un diagnóstico, e incluso curar, por el simple estudio de una fotografía del paciente. Los estudiantes analizaron a 42 de estos “médicos” a los que se les enviaron dos fotografías: una de un joven sano y otra de uno que padecía psoriasis. Además para ayudar al curandero, se le envió una lista de 10 enfermedades bien conocidas para que escogieran de entre todas ellas cuál era la que padecían los sujetos de las fotos. La cosa estaba más fácil de esta manera y sin embargo los psíquicos fallaron. Sólo once contestaron la encuesta: cinco de ellos reconocieron que no hacían lo que anunciaban (los treintaiuno restantes caerían en esta categoría al dar la callada por respuesta); tres dijeron que los sujetos de ambas fotos estaban enfermos (equivocándose también en el diagnóstico); dos se equivocaron en el diagnóstico, pero dijeron que uno de los sujetos estaba sano; y sólo uno dio en el clavo.

Un tercer estudio quería verificar la hipótesis de que existen médicos que suscriben el mito de que la Luna llena influye en la cantidad de partos, sin importarles lo que los estudios, experimentos y encuestas puedan demostrar.

Se envió una encuesta a dos grupos diferentes de médicos, pidiendo que analizaran el nacimiento de 4,256 bebés. Un 36% del primer grupo indicó una relación causa-efecto entre la luna llena y nacimientos. Al segundo grupo se le mostró los resultados del primero, indicando que “ninguno de los médicos que creían en esta relación hizo un estudio en su propio hospital ni analizó los datos para confirmar o rechazar sus creencias”. Por lo tanto no era de extrañar que en este segundo grupo se hicieran estos estudios de confirmación, con lo cual el índice de credulidad disminuyó a un 27%.

Aunque hubo una disminución en este parámetro los estudiantes comprobaron y concluyeron que “La tendencia a establecer relaciones mágicas sobrevive por fuerte que sea la evidencia en contrario. Científicos incluidos.”

Los biorritmos fueron abordados de la siguiente forma: se trató de verificar si los biorritmos podrían predecir los resultados de las finales del torneo Roland-Garros y de 8 finales seleccionadas al azar. Sólo encontraron dos correlaciones significativas.

Los estudiantes que estudiaron la psicokinesis informaron que los fenómenos eran auténticos. Su método fue consultar la literatura disponible sobre el tema (en su mayor parte a favor de la hipótesis paranormal), y su principal argumento a favor fue que “autores conocidos así lo creían” (Este tipo de falacia es muy común en nuestro medio. Cuando se pregunta a los interesados en los temas paranormales la razón de su creencia, una de las respuestas más recurrentes es porque determinado autor, actor, periodista, escritor o gente famosa cree en lo mismo).

Benski extrajo las siguientes conclusiones de los estudios de los alumnos:

Quienes trabajaron sobre los datos reuniéndolos y analizándolos, terminaron firmemente convencidos de la importancia de mantener una actitud escéptica. Pero los más crédulos se mostraron menos interesados en desafiar afirmaciones extravagantes.

Antes creía que la mayoría se convencería de que la falta de evidencia científica les haría retirar su adhesión a creencias infundadas. Pero no fue tan así: los creyentes inflexibles siguieron siendo tan obstinados como los médicos para quienes la Luna tiene algo que ver con la natalidad.


En nuestro mundo actual los medios de información nos bombardean constantemente con información banal y sesgada que apoya ideas tan delirantes como que estamos siendo visitados por seres venidos de las pléyades (un conjunto nebulosos de estrellas en formación, por lo cual difícilmente podrían haber generado vida tal y como la conocemos); que hay casas encantadas en las que habitan seres de ultratumba; o que los automóviles tienen alma e incluso, al chocar, se van a un cielo en forma de corralón (LRN se refiere a un artículo publicado en la revista Año Cero y que aseguraba tal estupidez). Lo peor de todo es que la difusión de estas ideas es mayor en proporción, que la del pensamiento crítico. A las puertas de este tercer milenio, venden más los misterios sin resolver que la divulgación científica, aunque esos misterios discurran por caminos muy alejados de la razón.

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