miércoles, 14 de diciembre de 2011

¡¡¡Y el día llegó!!!

Pues sí, resulta que el martes 6 de diciembre tomé la última clase no sólo del trimestre sino ¡¡de la carrera de Filosofía!! Ese día me costó trabajo concentrarme en lo que explicaba el profesor, pues no podía dejar de pensar que había concluído la carrera.

Hoy supe los resultados obtenidos este trimestre. El marcador fue:

Historia de la Filosofía IX (Schopenhauer y Nietzsche): MB
Historia de la Filosofía XI (Wittgenstein): MB
Introducción a la Sociología (optativa divisional): B

En historia XI entregué un trabajo sobre el Wittgenstein tardío (parte del trabajo es lo que subí en la entrada antepasada). Para aprobar el curso de sociología hicimos un trabajo en equipo sobre la salud mental en los estudiantes de la UAM-I.

El servicio social lo hice en la Sección de Enlaces y Eventos Universitarios de la Coordinación de Extensión Universitaria. Y les cuento que para cuando organicé el ciclo "Pseudociencias bajo la lupa" ya había terminado mi servicio, pero como aún no entregaba mi informe por escrito y como en Enlaces y Eventos me apoyaron (volantes, mantas, etc.), pude agregar el ciclo como parte del mismo. Y no crean que ya se me olvido subir los videos... ahora que ya me desocupé de la carrera me pondré a trabajar en eso.

La tesina la hice sobre el llamado "primer Wittgenstein", y se tituló "El misticismo y la santidad en Ludwig Wittgenstein". Y les cuento que en dicha tesina reuní la mayor parte de los textos que publiqué sobre este filósofo en Las patillas de Asimov (aquí pueden leerse). A Wittgenstein me lo presentó el físico José Marquina en uno de sus cursos de Filosofía de la Física... eso cuando yo estudiaba Física en la queridísima Facultad de Ciencias de la UNAM. Gracias, profesor Marquina.

Y gracias de todo corazón a todas aquellas personas que formaron parte de mi vida durante mis estudios en la UAM-I.

El próximo año intentaré ingresar a la maestría en Historia y Filosofía de la Ciencia en la misma UAM-I. Creo que el proyecto que presentaré será un análisis de las "Sizigias y cuadraturas lunares" de Fray Manuel Antonio de Rivas, historia sobre un viaje a la Luna, escrito allá por 1775 (al respecto ver aquí y aquí).

Por lo pronto estaré de festejo por varios días.

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿La Guadalupana bajó al Tepeyac?

Me gusta comprar revistas y fanzines de los más variados y extraños orígenes, un ejemplo es "Clandestino, el periódico de la cultura alternativa". Compré esta publicación en el año 2005, no me pregunten dónde porque ni me acuerdo. Se trató del primer número, y la verdad es que ignoro si se publicaron más.

Vamos al contenido... Pues está bastante interesante. Algunos de los temas que encontramos son: el grupo La Catañeda (La casta, pues); el movimiento Punk; el Tianguis del Chopo; el California Dancing Club (en la colonia Portales); graffitis; tatuajes "desde las sombras", es decir, tatuajes basados en el arte fantástico (están bastante chingones, hasta lamento que los tatuajes no sean para mí); asesinos seriales; el cine mexicano de terror...


En unas cuantas horas sus fieles le cantarán las mañanitas a la Virgen de Guadalupe... Y escribr sobre El Clandestino viene a cuento porque hay dos textos de César Tort: "El mito del Tepeyac, la pintura guadalupana" y "La Navidad, una fiesta pagana".

En un breve texto César Tort explica algunos datos interesantes sobre la pintura de la Virgen de Guadalupe (Luis Ruiz Noguez dice aquí que fue Tort quien lo acercó a la parapsicología hecha por académicos, lo que después le llevaría a plantear lo del "objeto ufológico permanente").


¿Qué se sabe de esta imagen? José Sol Rosales, quien fuera director del Centro Nacional de Registro y Conservación para Obra Mueble del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), encontró que el ayate es de lino y cáñamo –y no de henequén–, de igual forma ha descrito el tipo de pintura utilizada (los colores son elaborados de cochinilla, sulfato de calcio y hollín de humo del ocote; pigmentos usados en el siglo XVI); Sol Rosales analizó el ayate a petición de Guillermo Schulemburg, ex abad de la basílica de Guadalupe. El investigador Leoncio Garza-Valdés, quien revisó la imagen con rayos X, asegura que hay tres imágenes pintadas (una sobre la otra): Marcos Cipac y Juan de Arrue son quienes habrían pintado la imagen de la morenita, y José Antonio Flores Gómez, restaurador de obras de arte, en dos ocasiones (1947 y 1973) le dio una “manita de gato” a la guadalupana.

Más datos:

La Guadalupana: tres imágenes en una

Un restaurador de la guadalupana expone detalles técnicos que desmitifican a la imagen

miércoles, 7 de diciembre de 2011

SOBRE EL WITTGENSTEIN TARDÍO

El objetivo de esta entrada es exponer algunas de las cuestiones en las que trabajó Ludwig Wittgenstein durante los últimos años de su vida, sobre todo las que anotó en Sobre la certeza.

Wittgenstein trabajó en la mencionada obra durante los últimos 18 meses de su vida, más de la mitad de sus anotaciones (de la 300 a la 676) las escribió en los últimos dos meses, las últimas líneas las anotó un día antes de perder la conciencia y dos días antes de morir.

Pero antes de ver las preocupaciones filosóficas de Wittgenstein en aquella época veamos algo que es importante para comprender la forma en que las abordó: el contexto filosófico en que trabajaba. ¿Cuál era para este pensador la meta de la filosofía y cuál el método para alcanzar esa meta?


1. LA TENTACIÓN CIENTÍFICA

Se suele distinguir entre el Wittgenstein del Tractatus Logico-Philosophicus y el de las Investigaciones Filosóficas; se habla del “primer Wittgenstein” y del “Wittgenstein tardío”. El mismo filósofo, muchos años después de haberlo escrito, vio de forma crítica su Tractatus. ¿Cómo se relacionan sus diferentes formas de abordar los problemas filosóficos? ¿Hay una ruptura radical entre el “primer Wittgenstein” y el “Wittgenstein tardío”? La continuidad consiste en que el trabajo filosófico de Wittgenstein a lo largo de su vida consistió no en resolver los problemas de la filosofía sino en disolverlos, ¿cómo? Aclarando o deshaciendo confusiones lingüísticas. La ruptura está en la metodología. En el Tractatus disuelve los problemas filosóficos mediante el análisis lógico del lenguaje.

En el Tractaus leemos: “La mayor parte de los interrogantes y proposiciones de los filósofos estriban en nuestra falta de comprensión de nuestra lógica lingüística”.
En agosto de 1918 Wittgenstein le escribió a Bertrand Russell que había resuelto todos los problemas filosóficos.

En el mismo Tractatus encontramos estas palabras: “El resultado de la filosofía no son ‘proposiciones filosóficas’, sino el que las proposiciones lleguen a clarificarse. La filosofía debe clarificar y delimitar nítidamente los pensamientos, que de otro modo son, turbios y borrosos”.

Delimitar nítidamente los pensamientos significa distinguir entre proposiciones con sentido y proposiciones sin sentido.

Como disolver los problemas filosóficos mediante el análisis lógico del lenguaje es la meta de la filosofía, entonces ésta ya no puede hacerse como venía haciéndose hasta ese momento. Quiero hacer énfasis sobre lo siguiente: hay una ruptura entre la concepción tradicional de la filosofía y la concepción de Wittgenstein. Para Wittgenstein la filosofía no puede producir conocimientos filosóficos (o como expresó en las líneas citadas más arriba, el resultado de la filosofía no son proposiciones filosóficas), su tarea consiste solamente en distinguir entre las proposiciones con y sin sentido.

La idea de que la filosofía no puede producir conocimientos filosóficos es parte de la continuidad en el pensamiento de Wittgenstein. Pero si el “primer Wittgenstein” disolvió los problemas filosóficos mediante el análisis lógico del lenguaje, ¿cómo los disolvió el “Wittgenstein tardió”?, ¿cuál fue su metodología?

Para intentar comprender esa metodología del Wittgenstein tardío recurrimos al texto “El método en Wittgenstein” de la profesora Magdalena Holguín.

G. E. Morre tomó notas de las conferencias dictadas por Wittgenstein entre 1930 y 1933. Estas notas se refieren precisamente a la concepción que de la filosofía tenía Wittgenstein. En esas notas se muestra lo que ya mencionamos: que el autor del Tractatus consideraba que su trabajo era radicalmente distinto al de la filosofía tradicional, y que esa diferencia se debía tanto a la meta que pretendía alcanzar como a la metodología que empleaba.

“La filosofía no es ninguna de las ciencias naturales”, escribió Wittgenstein en el Tractatus, y sería una idea que mantendría toda su vida. La profesora Magdalena Holguín, sobre los filósofos que han mantenido una posición contraria a la expuesta por Wittgenstein, escribe: “En algunos casos será la filosofía la que sustente y analice el quehacer científico, mientras que en otros deberá seguir ella misma el modelo de investigación elaborado por la ciencia. Tanto los miembros del Círculo de Viena como Russell y muchos otros pensadores contemporáneos de Wittgenstein propenden por aquello que ellos mismos llaman una ‘filosofía científica’ y por la adopción de una ‘actitud científica’ en filosofía.”

Y como para Wittgenstein entre ciencia y filosofía hay una discontinuidad, entonces es la ciencia y no la filosofía la que debe generar un sistema explicativo o un conjunto de proposiciones sobre la realidad. En los Cuadernos azul y marrón leemos:
“Los filósofos tienen constantemente ante los ojos el método de la ciencia y sienten una tentación irresistible a plantear y a contestar las preguntas del mismo modo que lo hace la ciencia. Esta tendencia es la verdadera fuente de la metafísica y lleva al filósofo a la oscuridad más completa.”

Así, las preguntas filosóficas no son preguntas científicas, y por ello no se debe intentar resolverlas como si se tratara de tales. Las respuestas a las preguntas filosóficas no deben presentarse como nuevos descubrimientos acerca de la realidad. Dice la profesora Holguín: “La confusión que invade toda la filosofía es aquella que considera un problema filosófico como si tal problema se refiriera a un hecho del mundo y no a un asunto de expresión.”

En resumen: hay una separación conceptual y metodológica entre la ciencia y la filosofía; por ello la filosofía debe evitar adoptar el método científico y, por tanto, evitar lo que Wittgenstein llamaba “actitud teórica.” Continúa Holguín: “El ‘nuevo estilo de pensamiento’ exigirá, entonces, que renunciemos a esa actitud teórica, como también a todos los procedimientos y propósitos de la ciencia: elaborar y comprobar hipótesis explicativas, reducir la multiplicidad de los fenómenos a un conjunto de leyes y principios, buscar progresiva y acumulativamente la consolidación de conocimientos verdaderos acerca de la experiencia. Cualquiera que sea el método filosófico, deberá diferenciarse con claridad de esta manera de proceder.”

Por otro lado, el segundo Wittgenstein ya no considerará válido el método usado en el Tractatus: el análisis lógico del lenguaje. ¿Por qué? Porque dicho método es parte de la “tentación científica” ya descrita y porque el Wittgenstein tardío concebirá el lenguaje de forma distinta.

Comencemos a describir el método wittgensteniano (en contraposición al de la ciencia): es descriptivo y no explicativo, su objetivo no es la verdad sino la claridad, busca razones o reglas y no causas, no formula hipótesis contrastables y considera casos concretos. Explica Holguín: “No pretende descubrir nuevos hechos ni meta-hechos, no está dirigido a encontrar un conjunto limitado de principios o axiomas. En contraposición con el análisis lógico, acepta la multiplicidad y la ambigüedad de los diferentes juegos del lenguaje como algo fundamentalmente irreductible; abandona la pretensión de encontrar una forma general de la proposición, una estructura ontológica que la sustente, una única manera de abordar los problemas conceptuales.”

Para Holguín el segundo Wittgenstein se ocupará ya no de la discrepancia entre la forma lógica y la forma gramatical, “sino entre nuestra idea filosófica de cómo funciona un concepto y la manera como funciona realmente.” Se tiene que aclarar un concepto examinando su aplicación efectiva.

Entonces la filosofía se debe ocupar de problemas lógico conceptuales. Wittgenstein anotó: “El reconocimiento de los problemas filosóficos como problemas lógicos es ya un paso adelante: trae consigo la actitud y método correctos.” ¿Cómo se abordarán esos problemas conceptuales? Responde Wittgenstein: “El método de la filosofía es la presentación perspicua de hechos gramaticales (...) ¿En qué sentido describe la gramática el lenguaje? Dice que tales y tales combinaciones de palabras son permisibles. También que esta palabra es igual a aquella. Es entonces en realidad una recolección de remembranzas acerca de reglas. Consiste en acuerdos sobre el lenguaje. La investigación del lenguaje en filosofía es una descripción y comparación de conceptos, con la ayuda también de conceptos construidos ad hoc.”

¿Qué método debe emplear el filósofo para deshacer confusiones conceptuales? El método puede tomar distintas formas: imaginar juegos del lenguaje como objetos de comparación, poner en evidencia hechos conocidos que se olvidan, mostrar la rareza de casos metafísicos, detectar falsas analogías, dar indicaciones prácticas, persuadir para ver los problemas filosóficos desde una perspectiva distinta (a lo que volveré en la cuarta parte), etc.


2. TERAPIA FILOSÓFICA


El tratamiento que da el filósofo a una cuestión
es como el tratamiento de una enfermedad.

La filosofía no está encarnada en las proposiciones,
sino en el lenguaje.
En nuestro lenguaje hay incorporada toda una mitología.

Ludwig Wittgenstein

Si bien es cierto que Wittgenstein escribió que “En filosofía no se puede cortar ningún tipo de enfermedad propia del pensamiento. Debe seguir su curso natural, pues lo que importa es la curación paulatina. (De ahí que los matemáticos sean tan malos filósofos).” y que “El filósofo es aquel que debe curar en sí mismo muchas enfermedades del entendimiento, antes de poder llegar a las nociones del sano entendimiento humano”, podemos preguntarnos ¿concibió el segundo Wittgenstein la filosofía como una terapia?

Al respecto escribe Holguín: “Para algunos autores, la aplicación del nuevo método debe entenderse como una terapia dirigida a curarnos de las enfermedades filosóficas.” Así, cita autores que han visto de esta forma la filosofía de Wittgenstein; por ejemplo, al parecer de Lazerowitz, “Wittgenstein tiñó su discurso de una especie de psicoanálisis. Es como si, para él, la filosofía se hubiera convertido en una enfermedad lingüística que era necesario curar, y esto sólo podría hacerse al poner al descubierto los trucos ilusionistas que se juegan inconscientemente con el lenguaje. La impresión que se tiene al leer al Wittgenstein tardío es que se había convertido, sin ser consciente de ello, en el psicoanalista de la filosofía.” Para James C. Edwars tanto las terapias como la filosofía de Wittgenstein tendrían como meta eliminar confusiones y perplejidades para que la persona o el filósofo siga su vida normal.

Sin embargo, la misma Holguín menciona algunas dificultades que se presentan al comparar el método filosófico de Wittgenstein con una terapia. Las terapias utilizan o se basan en la introspección, mientras que Wittgenstein invalida los privilegios del punto de vista subjetivo: los juegos del lenguaje tienen un carácter intersubjetivo y público, y además, el filósofo hace una crítica a los lenguajes privados. De igual forma, Wittgenstein fue un crítico del psicoanálisis.

Hay otras interpretaciones de la metodología wittgensteniana, como la estética o ética, las cuales también presentan dificultades. Todas estas interpretaciones, incluyendo la terapéutica, son rechazadas por esta autora.

Sobre la opinión de Wiitgenstein sobre la obra de Freud y sobre la filosofía como terapia ya escribí en Las patillas de Asimov (aquí, aquí y aquí), así que por ahora ya no mencionaré más al respecto.


3. LA PARADOJA DE MOORE

Afirmar una proposición y a continuación negar que se cree en ella es una contradicción. He aquí dos ejemplos: “Son las cuatro de la tarde, pero no creo que sean las cuatro de la tarde” y “Estamos en el mes de abril, pero no creo que estemos en el mes de abril.” Es a este tipo de afirmaciones a las que Wittgenstein llamó “paradoja de Moore”. ¿Por qué paradoja y no simple contradicción?

Dentro de la lógica, si una proposición ‘p’ es verdadera, entonces su negación, esto es la proposición ‘no-p’, es falsa; de igual forma, si ‘p’ es falsa, su negación es verdadera.

La conjunción de dos o más proposiciones es verdadera cuando todas las proposiciones que la forman es verdadera. Así, basta con que una de las proposiciones sea falsa para que la conjunción también lo sea.

En el lenguaje ordinario una afirmación como las dos apuntadas al principio de este apartado es considerada una contradicción, pero deja de serlo cuando se lleva al lenguaje formal.

En principio podríamos suponer que tenemos una conjunción formada por una proposición y su negación (la conjunción entonces sería falsa). Sin embargo, veamos lo que sucede realmente. La paradoja muestra conjunciones verdaderas del siguiente tipo: “‘p’ es el caso, pero yo creo que ‘p’ no es el caso”.

Sea ‘a’ la proposición verdadera “p es el caso” y ‘b’ la proposición verdadera “yo creo que p no es el caso”. Se trata de dos proposiciones distintas que no se niegan la una a la otra. ‘b’ no dice “‘p’ no es el caso” sino “yo creo que ‘p’ no es el caso”. De ahí que es posible que las dos puedan ser verdaderas al mismo tiempo, y cuando así sucede la conjunción es verdadera.

Tenemos entonces que una aparente contradicción lógica en el lenguaje ordinario deja de serlo al analizarla formalmente. En esto consiste la paradoja de Moore.

Wittgenstein la escuchó por vez primera cuando Moore la leyó en octubre de 1944. No es seguro que Moore se refiriera exactamente a lo que Wittgenstein le adjudicaba, así, la paradoja podría ser llamada “paradoja de Wittgesntein”. De hecho, la interpretación que cada uno de estos filósofos hacía de lo anterior era diferente. Sobre la importancia de ésta, Wittgenstein le explicaba a Moore: “En concreto: que la contradicción no es sólo lo que la gente cree. No es la única forma lógicamente inadmisible, y es, bajo ciertas circunstancias, admisible. Y mostrar esto me parece el principal mérito de tu ensayo.”

Como la paradoja no incurre en una contradicción formal, Moore decía que era absurda por razones psicológicas. Esta interpretación era rechazada por Wittgenstein, el filósofo decía: “Si le preguntó a alguien: ‘¿Hay fuego en la habitación de al lado?’ y me responde ‘Me temo que sí’, yo no puedo decir: ‘No sea impertinente. ¡Le he preguntado si hay fuego, no por su estado de ánimo!’”

Para Wittgenstein la paradoja era una prueba de lo compleja que podía ser la lógica, de hecho más compleja de lo que estaban dispuestos a creer los mismos lógicos. En 1930 Bertrand Russell, por ejemplo, dijo que las teorías de Wittgenstein sobre lógica eran nuevas, originales e importantes, y agregaba: “Si son ciertas o no, no lo sé. Como lógico a quien le gusta la simplicidad, me gustaría creer que no.”

Para Wittgenstein, las formas de nuestro lenguaje se distorsionan cuando se les mete a la fuerza en las casillas de la lógica formal. De igual forma, consideraba que los conceptos psicológicos no son tan uniformes como creen psicólogos y filósofos. Uno de sus objetivos era desanimar el deseo de generalidad.

Digamos algo más sobre la paradoja. Vimos que “Son las cuatro de la tarde, pero no creo que sean las cuatro de la tarde” no es una contradicción formal. Pero podemos interpretar de dos maneras la primera proposición.

La proposición verdadera “Son las cuatro de la tarde” puede interpretarse como “Sé que son las cuatro de la tarde”. De ser el caso, entonces tenemos una conjunción en la que se afirma que no se cree aquello que se sabe (Sé que son las cuatro de la tarde, pero no creo que sean las cuatro de la tarde”). Como dije líneas atrás, Moore veía en la paradoja consecuencias psicológicas, así, en este caso, ¿es posible psicológicamente no creer lo que se considera que se sabe?

Efectivamente, las dos proposiciones que forman la conjunción no se contradicen y por tanto ambas pueden ser verdaderas, pero ¿es posible desde el punto de vista psicológico que alguien las mantenga al mismo tiempo?

En cambio, si la proposición “Son las cuatro de la tarde” se interpreta como “Creo que son las cuatro de la tarde”, entonces no hay paradoja puesto que tanto en lenguaje ordinario como en lenguaje formal lo que tendríamos sería una conjunción formada por una proposición y su negación, es decir, tendríamos una contradicción o una conjunción falsa (“Creo que son las cuatro de la tarde, pero no creo que sean las cuatro de la tarde”).

Hay algo complejo en proposiciones en las que aparece el verbo creer.

Pondré un ejemplo similar al anterior: Si alguien me pregunta la hora y yo le respondo “creo que son las cuatro de la tarde.” ¿Sería válido que me replicara “no me cambies de tema, te pregunté sobre la hora, no sobre tus creencias”?

Lo que sucede es que podemos usar la proposición “Creo que p es el caso” para dos cosas distintas: para informar de forma dubitativa acerca de p o para informar de un estado de ánimo o sobre nuestras creencias.

Esta ambigüedad no existe al referirnos a lo que creíamos. Una proposición como “yo creía que p” no informa sobre p, sino sobre nuestras creencias. De ahí que “Creo que hay fuego en la habitación de al lado” es distinta a la afirmación “Yo creía que había fuego en la habitación de al lado.”

Sobre esto, Wittgenstein anotó: “¡Pero seguramente ‘yo creía’ debe decir exactamente lo mismo del pasado que ‘yo creo’ dice del presente! ¡Seguramente raíz cuadrada de -1 debe significar lo mismo en relación a –1 que raíz cuadrada de 1 en relación a 1! ¡Nada en absoluto!”

Ray Monk afirma: “Wittgenstein estaba interesado en la raíz cuadrada de menos uno exactamente por la misma razón que estaba interesado en la Paradoja de Moore: ilustra el hecho de que similitudes superficiales pueden ocultar diferencias de significado muy importantes.”


4. SOBRE LA PERSUASIÓN

Ya comenté que existe una ruptura entre la filosofía tradicional y la filosofía como la entendía y practicaba Wittgenstein. También anoté la metodología que empleaba el segundo Wittgenstein para disolver los problemas filosóficos. Uno de esos métodos es la persuasión.

Mediante ésta, Wittgenstein desea que veamos desde otra perspectiva los problemas filosóficos. Y como también se apuntó en la primera parte, la metodología wittgensteniana no es la metodología científica, por ello la persuasión de la que hablo, en palabras de Raúl Meléndez, “va más allá de la argumentación deductiva, de las explicaciones causales, naturalistas y de la justificación, entendida esta última como el dar razones para establecer la verdad o corrección de una tesis o teoría.”

Para Meléndez la persuasión tiene gran importancia en la labor filosófica del segundo Wittgenstein: “La persuasión no debe ser entendida aquí, pues, meramente como una opción que Wittgenstein elige, entre otras, sino como el medio más adecuado, el que ha de emplear, para lograr cumplir con ciertas metas básicas que él mismo traza. Yo pienso, incluso, que la mayor parte de su actividad filosófica tardía debe ser interpretada como un consistente y tenaz esfuerzo por disuadirnos de ver y tratar de resolver los problemas filosóficos de cierta manera –a saber, dando explicaciones, desarrollando teorías o buscando fundamentos y justificaciones últimas- y por persuadirnos a favor de su manera diferente de tratar estos presuntos problemas. Este tratamiento diferente consistirá, básicamente, en disolverlos, conduciéndonos a considerarlos desde una perspectiva desde la cual pierden su carácter problemático y dejan de ser vistos como problemas genuinos que requieran soluciones teóricas.”

En Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencia religiosa se encuentran las siguientes expresiones de Wittgenstein sobre la persuasión:

Lo que estoy haciendo (como lo hace Freud) es también persuasión. Si alguien dice “No hay diferencia”, y yo digo: “Hay una diferencia”, estoy persuadiendo, estoy diciendo “No quiero que vean eso de ese modo”

En cierto sentido estoy haciendo propaganda a favor de un estilo de pensamiento y en contra de otro. Sinceramente, el otro me produce aversión.

Todo lo que estamos haciendo es cambiar el estilo de pensar y todo lo que yo estoy haciendo es cambiar el estilo de pensar y persuadir a la gente para que cambie su estilo de pensar.


¿Qué diferencia hay entre persuadir y explicar? Cuando se explica causalmente un fenómeno se muestra que éste es resultado del funcionamiento de un mecanismo de causas y efectos. En la persuasión no es importante cómo sucedieron las cosas (en la explicación sí lo es), lo importante es la manera en que se ven, como se quieren ver y como llevamos a otros a verlas (o como otros nos llevan a verlas). Meléndez dice que se persuade “a favor de imágenes, de maneras de ver los fenómenos, y no de cadenas causales de eventos, que presuntamente se dan de hecho.”

¿En qué contexto hizo Wittgenstein las declaraciones citadas más arriba? El filósofo se refería al psicoanálisis, una práctica a la que criticaba. Para Wittgenstein, Freud no explicaba nada, en realidad persuadía.

Cuando se nos dice “el significado de tu sueño es realmente este” o “al hacer x cosa tus verdaderos motivos fueron tales” se nos está persuadiendo. En general un enunciado como “esto es realmente aquello”, el “esto” es un fenómeno o una forma de ver algo y el “aquello” la forma de verlo que se desea que adoptemos.

Meléndez continúa: “En la persuasión entendida de este modo, no se trata de explicar un hecho o de justificar o de mostrar la verdad de una afirmación, tesis o teoría, sino de conducir a cierta manera de ver y comprender algo; a tener cierta imagen, perspectiva o interpretación de ello.”

Y es la persuasión que usan los psicoanalistas. Esta persuasión es atractiva, seductora.

Cuando adoptamos teorías, tesis, explicaciones o ideas que no son teóricas o explicativas -y que por tanto carecen de argumentos o razones- por el atractivo que ejercen sobre nosotros. “La seducción, en este sentido puede ser, en ocasiones, mucho más fuerte que la deducción y la persuasión más fuerte que los argumentos explicativos, causales por medio de razones, o las justificaciones.”

Para Wittgesntein, Freud engañaba a sus pacientes al usar la persuasión. El engaño no se refiere a la persuasión misma, que Wittgenstein también usaba. Es un engaño en el sentido de que Freud pretendía estar haciendo descubrimientos científicos o dando supuestas explicaciones causales. Además Wittgenstein usaba la persuasión de forma más conciente y a favor de un punto de vista distinto al cientificista.

Cito nuevamente a Meléndez (la cita es larga, pero me parece una explicación importante y que merece ser transcrita): “(Wittgenstein) persuade, no a favor de una explicación, una teoría o una tesis, sino a favor de una manera de pensar y una manera de ver las cosas, opuesta a otra por la que él nos dice que siente aversión. El estilo de pensar contra el que él lucha con armas persuasivas es uno que imita o toma como modelo los modelos científicos de plantear y resolver cuestiones fácticas, empíricas y que extiende la aplicación de éstos a contextos en los que las explicaciones científicas están fuera de lugar. Wittgenstein no se opone a la ciencia, cuando ella se practica en su legitimo dominio, sino, más bien, al cientificismo, esto es, a un estilo de pensar omni-abarcante, que se arroga la ambiciosa tarea de resolver todos lo problemas, (incluyendo los problemas estéticos, éticos, religiosos), por medio de métodos científicos. Este cientificismo condujo, en la época en que Wittgenstein desarrolló su actividad filosófica, al proyecto de una filosofía científica. Tal tipo de filosofía era, para él, fuente de confusiones y malentendidos, que se propuso aclarar y disolver mediante un estilo de pensar diferente. No explicativo, ni teorizante, sino descriptivo y terapéutico.”


Sobre la certeza

Antes de continuar con el tema de la persuasión, mencionemos la obra en la que Wittgenstein trabajó el último año y medio de su vida: Sobre la certeza.

Estas reflexiones fueron motivadas por las ideas del filósofo G. E. Moore. Moore trató de refutar el escepticismo filosófico en sus ensayos “Prueba de un mundo externo” y “Defensa del sentido común”. En 1949 Norman Malcolm y Wittgenstein comenzaron a discutir los artículos de Moore.

Moore deseaba refutar la idea de que nada puede conocerse con certeza, ni siquiera lo que es externo. Su primer artículo comienza intentando probar que puede demostrarse con certeza que existen algunos objetos externos. Escribe Moore:

“Ahora puedo probar, por ejemplo, que existen dos manos humanas. ¿Cómo? Levantando mis manos y diciendo, mientras hago un gesto con la mano derecha: ‘Aquí hay una mano’, y añadiendo, mientras hago un gesto con la izquierda, ‘y aquí está la otra’.”

En el segundo ensayo Moore da una lista de creencias del sentido común, para este filósofo, de todas ellas podemos saber con certeza que son verdaderas. Algunas son: existe un cuerpo, que es el cuerpo de Moore; que ese cuerpo no ha estado lejos de la superficie de la Tierra; y que la Tierra ha existido durante muchos años antes de que Moore naciera. Todas estas afirmaciones podemos aplicarlas también a nosotros mismos.

Para Malcolm, Moore usaba de forma incorrecta el verbo “saber” en esas afirmaciones de conocimiento y así lo había explicado en un artículo.

Levantar una mano y decir “sé que esto es una mano” o señalar un árbol y decir “sé de cierto que esto es un árbol” es para Malcolm un uso absurdo de la palabra “saber”. Posteriormente Moore respondió en una carta a las críticas de Malcolm, en dicha carta argumentó que el uso que le daba a esa palabra era válido.

Cuando Wittgenstein y Malcolm se encontraron en 1949, este último aprovechó para preguntarle su opinión al primero.

Para Wittgenstein “Una expresión sólo tiene significado en el flujo de la vida.” Así, que las afirmaciones de Malcolm tengan o no sentido depende de si puede imaginarse una situación u ocasión en la que puedan utilizarse razonablemente. “Comprender una frase es conocer al menos uno de sus usos. Si no podemos pensar en alguna de sus utilizaciones, entonces no la comprendemos.”

No es que la frase de Moore “Sé que esto es un árbol” sea un mal uso del lenguaje, “es mejor decir que no tiene significado claro, y que el propio Moore no lo sabía cuando la estaba utilizando... Ni siquiera está claro para él que no le está dando un uso corriente.”

Así, Wittgenstein para saber si las frases de Moore tienen o no sentido trata de imaginar usos corrientes para éstas. Encuentra que podemos encontrar o imaginar usos corrientes más fácilmente para algunas frases que para otras.

Pero finalmente, Moore –desde esta perspectiva- había fracasado en su intento de refutar el escepticismo filosófico-. Sobre eso Wittgenstein expresó:

“Cuando los filósofos escépticos dicen: ‘No lo sabes’ y Moore replica: ‘Lo sé’, su réplica es bastante inútil, a menos que les asegure que él, Moore, no tiene ninguna duda. Pero no es ésa la cuestión.”

Para Wittgenstein las proposiciones de sentido común de Moore no eran ejemplos de conocimientos ciertos sino ejemplos en los que la duda es absurda. Wittgenstein se refería a lo siguiente: hay afirmaciones de las que si dudamos se derrumba todo el sistema desde el que se suscitan las dudas: “Ciertas proposiciones pertenecen a mi ‘marco de referencia’. Si yo renunciara a ellas, no podría juzgar nada.”

Por ejemplo, si al levantar nuestras manos dudáramos seriamente de su existencia, entonces tendríamos que dudar de todo, incluso de nuestros sentidos.
Entonces hay juicios –entre ellos algunas afirmaciones de sentido común de Moore- que pertenecen a nuestro marco de referencia, y de los que no podemos dudar razonablemente.

Por otro lado, ya había mencionado que para Wittgenstein la lógica era algo más complejo de lo que estaban dispuestos a admitir los mismos lógicos, ahora veamos cómo el filósofo decidía si ciertas proposiciones eran hipótesis empíricas o si pertenecían a la lógica.

Decía Wittgenstein que si la contradicción de una proposición tiene sentido, entonces se trata de una hipótesis empírica (y su verdad o falsedad depende de cómo se den las cosas en el mundo). Pero si la contradicción de la proposición no tiene sentido, entonces no describe al mundo sino a nuestro sistema conceptual, y por tanto pertenece a la lógica.

Pensemos en la proposición “Existen los objetos físicos”, la proposición opuesta no es falsa sino incomprensible, por tanto no es una proposición empírica. Lo mismo pasa con la proposición “Las manos de Moore existen”, por tanto estas “proposiciones de referencia” no describen lo que conocemos sino la forma como comprendemos el mundo.

Así, podemos decir que existen proposiciones que parecen proposiciones de la experiencia, pero que son en realidad proposiciones gramaticales que describen el marco de referencia dentro del cual puede describirse nuestra experiencia.

Por lo anterior Wittgenstein incluía dentro del dominio de la lógica las discusiones de la “Defensa del sentido común”.


La persuasión en Sobre la certeza

Las siguientes palabras aparecen en Sobre la certeza:

Puedo imaginarme un hombre que hubiera crecido en unas circunstancias especiales y a quien se le hubiera dicho que la Tierra apareció hace cincuenta años y que, por lo tanto lo creyera. Podríamos enseñarle: la Tierra existe desde hace... etc. –Trataríamos de darle nuestra imagen del mundo.
Tal cosa sucedería por medio de la persuasión.


Cuando lo que se enfrenta realmente son dos principios irreconciliables, sus partidarios se declaran mutuamente locos y herejes.

¿Qué puede entenderse por una “imagen del mundo” (término que aparece en la primera cita)? Una base fundamental de convicciones y certezas sobre las que se apoyan otras creencias, acciones, juicios, razones, justificaciones y criterios para aceptar argumentos y explicaciones. Esto hace que cualquier justificación a favor de la verdad de una imagen del mundo no pueda ser sino circular. Por otro lado, nuestras razones o justificaciones de nuestra imagen del mundo pueden no ser siquiera comprendidas por quienes no compartan nuestra imagen del mundo. Una persona con una imagen del mundo radicalmente distinta a la nuestra, podría tener ideas diferentes acerca de la validez y razonabilidad de un argumento o explicación. Citemos nuevamente a Wittgenstein:

“Si alguien dudara de si la Tierra existe desde hace más de cien años, no lo entendería por lo siguiente: porque yo no sabría lo que tal persona estaría dispuesta a admitir como evidencia y lo que no admitiría.”

Conclusión: nuestra imagen del mundo no puede justificarse. Meléndez explica: “Entendida en este sentido, nuestra imagen del mundo no puede justificarse; es, por así decirlo, el suelo no justificable sobre el que descansan nuestras justificaciones y argumentos. Nuestras distinciones entre verdadero y falso, entre argumentos válidos y no-válidos, entre lo razonable y lo disparatado, todas ellas tienen una aplicabilidad y un sentido, que son relativos a una imagen del mundo particular.”

Wittgenstein anota: “He dicho que ‘combatiría’ al otro –pero, ¿no le daría razones? Sin duda; pero, ¿hasta dónde llegaríamos? Más allá de las razones, está la persuasión. (Piensa en lo que sucede cuando los misioneros convierten a los indígenas).”

Lo anterior quiere decir que si dos personas con distintas imágenes del mundo discuten, pueden no aceptar o comprender los argumentos y razones del otro, entonces sólo queda la persuasión.

A través de la persuasión Wittgenstein trataba no sólo de hacer que alguien cambiara el modo de ver o valorar algo sino de cambiar su estilo de pensar. Wittgesntein se esforzó por llevarnos a cambiar nuestra manera de ver los problemas filosóficos. Y para lograr esa persuasión el filósofo se valía de imágenes, metáforas, ejemplos, preguntas, diálogos, etc.

Entonces Wittgenstein intentó –mediante la persuasión- que viéramos los presuntos problemas filosóficos desde una perspectiva desde la cual perdieran su carácter problemático. Que un fenómeno o un hecho resulte o no problemático, que requiera de una justificación, una explicación o una descripción depende de cómo lo veamos o de cómo lo deseemos ver. Y digo “deseemos ver” porque el mismo Wittgenstein escribió: “Lo que hay que vencer no es una dificultad del entendimiento sino de la voluntad.”

Esto último se refiere a resistir la inclinación de seguir viendo los “problemas filosóficos” como han sido vistos en la filosofía tradicional, seguir viéndolos como problemas a resolver haciendo teorías. Wittgenstein describió esta inclinación de la siguiente manera: “Un hombre está preso en una habitación que no tiene llave y cuya puerta se abre hacia dentro, si no se le ocurre tirar de ella, en vez de empujarla.” El hombre preso es el filósofo que se empeña en seguir viendo los problemas filosóficos desde la perspectiva de siempre.

En una de sus clases dio el siguiente ejemplo:

“Es como si un hombre estuviera parado en una habitación mirando hacia una pared en la que están pintadas una puertas falsas. Queriendo salir, el hombre trata ansiosamente de abrirlas, prueba en vano con todas ellas, una tras otra, una y otra vez. Pero, por supuesto, esto es inútil. Y todo el tiempo, aunque él no se da cuenta, hay una puerta real en la pared detrás de él y lo que tiene que hacer es, simplemente, voltearse y abrirla. Para ayudarlo a salir de la habitación, todo lo que tenemos que hacer es llevarlo a que mire en otra dirección. Pero es difícil hacer esto, pues, queriendo salir él resiste nuestros intentos de apartarlo de donde él cree que está la salida.”

Precisamente Wittgenstein mediante la persuasión es llevar a los filósofos a que miren en otra dirección.

Pero Wittgenstein, además de persuadirnos de ver los problemas filosóficos como si no necesitaran de explicaciones teóricas, debe persuadirnos de que tal enfoque es mejor que el de la filosofía tradicional.

Termino este apartado con unas palabras aparecidas en Zettel:

“Esto tiene que ver, según creo, con el hecho de que erróneamente aguardamos una explicación; mientras que la solución de la dificultad es una descripción, si la ubicamos correctamente en nuestras consideraciones. Si nos detenemos en ella y no tratamos de ir más allá. La dificultad aquí está en: hacer alto.”


¿Perturbaciones mentales?

En opinión de Wittgenstein, tomaríamos por loco a quien expresara lo contrario de las proposiciones de sentido común que Moore declara ciertas (recordemos que son proposiciones que para el mismo Wittgenstein pertenecen a nuestro marco de referencia). La negación de esas afirmaciones no sólo es falsa sino incomprensible. “Si doy como ciertas afirmaciones falsas, es incierto que las comprenda.”

Posteriormente Wittgenstein habla de los errores que podrían considerarse una perturbación mental. Un ejemplo es equivocarse con respecto a nuestro domicilio: “Si un buen día un amigo mío imaginara que había vivido durante largo tiempo en tal y tal lugar, etc., etc., yo no lo consideraría un error, sino una perturbación mental, quizá transitoria.”

Un error puede considerarse una perturbación mental cuando no sólo contradice una determinada proposición que consideramos verdadera sino todo el marco de referencia que da sentido a nuestras creencias.

Puede haber personas con marcos de referencia distintos, también los marcos de referencia pueden cambiar dentro de la misma cultura en épocas distintas: algo rechazado como absurdo durante una época puede terminar siendo aceptado; certezas sólidas pueden desmoronarse. Pero hay que tener siempre en mente que un marco de referencia no puede justificarse ni probarse que sea correcto, ya que éste proporciona los límites dentro de los cuales tienen lugar las justificaciones y demostraciones. En palabras de Wittgenstein: “Pero no tengo mi imagen del mundo porque me haya convencido de que sea la correcta; ni tampoco porque esté convencido de su corrección. Por el contrario, se trata del trasfondo que me viene dado y a partir del cual distingo lo verdadero de lo falso.” También hay que recordar que hay proposiciones que describen el mundo y proposiciones que describen el marco de referencia.

Wittgenstein siempre mostró respeto por las personas con creencias religiosas. En su juventud leyó con interés, por ejemplo, la obra de William James Las variedades de la experiencia religiosa. Durante su participación como soldado durante la Primera Guerra Mundial leyó la obra de Tolstoi sobre los Evangelios. No se consideraba un hombre religioso, aunque decía que veía con los ojos de un hombre religioso.

Pero no era católico. “Posiblemente yo no podría llegar a creer todo lo que ellos creen.”, comentó en alguna ocasión. Sobre las creencias de los católicos abundó:
“Sí, creo que tenemos dos progenitores humanos; sin embargo, los católicos creen que Jesús sólo tuvo una madre humana. Y otros podrían creer, ignorando toda la evidencia en contra, que hay hombres que no tienen padres. Los católicos creen que una oblea, en circunstancias determinadas, cambia completamente de naturaleza, y, al mismo tiempo, también creen que todas las pruebas contradicen ese hecho. Por lo tanto, si Moore dijera: ‘Sé que esto es vino y no sangre’, los católicos le llevarían la contraria.”

Para los católicos, durante el ritual de la comunión, el vino y las hostias se transforman literalmente en la sangre y el cuerpo de Cristo. Se trata del misterio de la transubstanciación. Dentro de la misma Iglesia Católica se discutió si realmente sucedía este milagro, algunos afirmaban que no, ya que las palabras de Cristo “hagan esto en conmemoración mía” debían interpretarse como un acto para recordarlo. Sobre lo anterior, en el concilio de Trento (1545-1564) se afirmó: “Si alguno dice que en la misa no se ofrece un sacrificio real y verdadero, sea anatema (maldito o excomunión). Si alguno dice que por las palabras ‘Haced esto en conmemoración mía’ Cristo no instituyó a los apóstoles como sacerdotes, ni ordeno que los apóstoles y otros sacerdotes ofreciesen su propio cuerpo y su propia sangre, sea anatema. Si alguno dice que el sacrificio de la misa es sólo de alabanza y acción de gracias, o que es meramente una conmemoración del sacrificio consumado en la cruz pero no es propiciatorio, se anatema.”

Pero si revisamos el vino y las hostias antes y después de la consagración, no encontramos diferencia alguna. Se ven y saben exactamente igual. De igual forma ¿qué resultado creen los católicos que se obtendría en caso de hacer un análisis químico del vino después de la consagración? Entonces ¿por qué mantienen que realmente (literalmente) el vino y las hostias se transforman en la sangre y el cuerpo de Cristo? ¿Se trata de una “perturbación mental, quizá transitoria”?

Wiitgenstein daba una respuesta negativa a la última pregunta.

Regresemos al asunto de los marcos de referencia: “Tengo una imagen del mundo. ¿Es verdadera o falsa? Ante todo, es el sustrato de todas mis investigaciones y afirmaciones.” Y ahora repito las palabras citadas líneas atrás: “Pero no tengo mi imagen del mundo porque me haya convencido de que sea la correcta; ni tampoco porque esté convencido de su corrección. Por el contrario, se trata del trasfondo que me viene dado y a partir del cual distingo lo verdadero de lo falso.” Wittgenstein consideró que –gracias a una educación ciento por ciento religiosa, por ejemplo- una fe religiosa podía proporcionar ese trasfondo.

Entonces el misterio de la transubstanciación (junto con otras creencias) podría –al igual que las proposiciones de sentido común de Moore- estar en el marco de referencia de los católicos.


Referencias

Holguín, Magdalena. (comp.) “Del espejo a las herramientas. Ensayos sobre el pensamiento de Wittgenstein.” Siglo del Hombre Editores. Colombia. 2003.
Wittgenstein, Ludwig. “Tractatus Logico-Philosophicus”. Alianza Editorial. Madrid. 1994.
Wittgenstein, Ludwig. “Sobre la certeza”. gedisa editorial. España. 1995.
Wittgenstein, Ludwig. “Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencia religiosa”. Ediciones Paidós. Barcelona.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Orgullo

El espectáculo resultó extraordinario.

Todos los diablitos saltaron aros de fuego, bailaron e hicieron malabares.

Los niños rieron y aplaudieron a más no poder. Los adultos también se sintieron fascinados.

Al final se entrevistó al responsable de la exhibición.

-¿Y en qué momento descubrió su vocación?, ¿cuándo supo que su tarea en este universo era la de amaestrar demonios?
-Bueno, seré honesto, yo en realidad quería ser exorcista, desde pequeño soñaba con esa idea, tenía grandes planes...
-¿Y qué sucedió?, ¿qué le hizo apartarse de sus sueños?
-Pues verá, cientos de demonios me atormentaban, intenté arrojarlos lejos de mi cuerpo y de mi mente...
-¿Y no pudo?
-¡Claro que pude! Y agradecería que no me interrumpiera tanto. La verdad es que pude deshacerme de todos ellos. Pero lo que viví a continuación para nada me gustó. Las noches se me hicieron eternas sin las visitas de mis amigos, sí, no ponga esa cara, terminé considerando amigos a mis demonios internos.
-¿De verdad?
-¿Me cree un mentiroso?
-No, claro que no, pero...
-Pero nada. ¿Ha pensado usted lo que sería la vida sin ellos?, ¿a qué dedicaríamos el tiempo?, nuestros demonios son nuestra razón de ser, sin su existencia nos aburriríamos terriblemente, son la sal y la pimienta. ¿De acuerdo?
-No lo sé, no lo había pensado.
-Le confesaré algo más. He recibido la visita de personas a las que se les realizó exitosamente un exorcismo y ¿sabe para qué me buscan? No me vaya a interrumpir. Me buscan para que les regrese sus tormentos. Entonces tengo que llevar a cabo una especie de "exosrcismo en reversa".
-¡Increíble!
-Créame, la existencia sin los diablitos sería insoportable. Por ello es que no es buena idea ahuyentarlos. Pero tampoco es buena idea darles completa libertad, no debemos permitirles que hagan con nosotros lo que les venga en gana, lo mejor es amaestrarlos, domesticarlos. Darme cuenta de lo anterior me llevó a descubrí mi vocación.
-¿Entonces ya no desea exorcizar demonios?
-¡Para nada! De hecho, mi oficio es superior al de los exorcistas.

martes, 22 de noviembre de 2011

Adonis García, un entrañable chichifo

Una de mis novelas favoritas es El vampiro de la colonia Roma. En una visita que realicé a la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria encontré el libro El personaje gay en la obra de Luis Zapata de Oscar Eduardo Rodríguez (Editorial Fontamara).

Oscar Eduardo Rodríguez considera que Luis Zapata es “el más prolífico escritor de literatura homosexual mexicana, su obra no sólo es reconocida en nuestro país, sino también en el extranjero.” De ahí que Oscar Eduardo se diera a la tarea de realizar un análisis de algunas de las obras de Zapata. Analiza cuentos y novelas, pero sólo me referiré a lo que comenta sobre El vampiro de la colonia Roma.




EN EL PRINCIPIO FUE LA FIESTA DE LOS LILOS

En la introducción el autor dedica algunas líneas a la forma en la que ha evolucionado en México la literatura homosexual. Se hace alusión al “baile de los 41” ya que Luis Mario Scheider lo señala como antecedente histórico de esta literatura en nuestro país.

El “baile nefando” dio lugar a una serie de textos “con formato de narraciones, chistes satíricos, artículos de fondo, cartas amorosas o poemas que ridiculizaban el acontecimiento.” En 1906 se publicó la obra Los cuarenta y uno. Novela crítico social de Eduardo A. Castrejón; esta novela condena y satiriza los actos homosexuales.

El repaso que Luis Mario Scheider hace de la literatura mexicana con temática gay va de los textos que se produjeron a raíz del baile de los 41 a la obra Utopía gay, escrita por José Rafael Calva y publicada en 1983.

Sobre el baile de los 41, Oscar Eduardo anota: “Ese comentado escándalo dio como resultado el anatemizar, en nuestro país, el número 41 en todas sus aplicaciones convirtiéndolo en sinónimo de afeminamiento y mariconería. Como dato curioso, hasta la fecha, en la ciudad de Mérida algunos taxistas dicen, con cierto dejo despectivo, ‘empieza la cuarentera’ para referirse al momento en que los gays salen de los bares buscando un taxi.”

Hace varios años, durante la Semana Cultural Lésbica Gay en el Museo Universitario del Chopo, asistí a una conferencia sobre la homosexualidad en el cine mexicano. En dicha conferencia se presentó un extracto de la película “Modisto de señoras” (1969), misma que protagonizó Mauricio Garcés. El personaje interpretado por Garcés es un diseñador de modas que para tener éxito tiene que hacerse pasar por homosexual, en cierto momento le preguntan cuántos años tiene, a lo que responde que 41.


¿ANTECEDENTE?

Luis Mario Scheider, en el repaso mencionado, menciona la obra El desconocido de Raúl Rodríguez Cetina, misma que se publicó en 1977. Esta obra muestra la vida de un “fichero”, es decir, de un chichifo o talonero. El vampiro se publicó en 1979. Anota Oscar Eduardo: “Deseo subrayar la cercanía en la figura protagónica que hay entre la mencionada novela de Rodríguez Cetina y la de Zapata, pues en ambas los personajes centrales son chichifos, y se podría considerar El desconocido como un antecedente literario de El vampiro de la colonia Roma.”

¿Influyó en Zapata la obra de Rodríguez Cetina? Al hacérsele esta pregunta, Zapata respondió: “La verdad es que la leí después de escribir El vampiro. Así que por ello no se puede decir que haya ejercido influencia alguna. Lo cierto es que hay temas que están ‘como en el aire’ y uno puede coincidir con otro escritor, pero no hubo influencia puesto que no la había leído antes de El vampiro.”


¿UN EXPERIMENTO MALOGRADO?

¿Qué rasgos de la obra de Zapata analiza Oscar Eduardo Rodríguez? Los aspectos formales y estructurales, estilísticos, psicológicos y sociológicos.

El humor y el cine son dos de los factores que pueden encontrarse en los textos de Zapata.

Oscar Eduardo afirma que el humor de Zapata en ocasiones es blanco, en ocasiones negro o ácido, frecuentemente irónico, esto “permite enfocar la figura del homosexual a través de una lente más humanizada, menos estereotipada y más libre de prejuicios." Resalta Melodrama (1983) “obra con la que el autor busca hacer una parodia del género cuyo nombre utiliza como título de su novela.”

Por otro lado, Zapata construye, en El vampiro, un personaje con gran sentido del humor: “Ante sucesos que podrían haber amargado la vida de cualquier otra persona, Adonis reacciona con sarcasmo o con gran sentido del humor o con una mezcla de ambos (...) En Adonis, como en cualquier otro personaje de la picaresca, hay inteligencia, una voluntad muy determinada para no dejarse abatir ante la adversidad y un gran sentido del humor como armas de supervivencia.”

La relación de Zapata con el cine es un factor que influye en la estructura narrativa de algunas de sus historias, sobre todo en la composición de La hermana secreta de Angélica María (1989). Sin embargo, en El vampiro de la colonia Roma son pocas las alusiones al séptimo arte; tal vez porque Adonis descubre que es posible ir al cine a hacer algo más que ver películas.

¿Literatura homosexual o simplemente literatura? ¿De qué sirve el término “literatura homosexual”?, ¿es adecuado?, ¿es algo más que una mera etiqueta? A pesar de haber estado utilizando este término, Oscar Eduardo reflexiona sobre las preguntas anteriores. Otra pregunta: ¿Cómo clasificar adecuadamente El vampiro de la colonia Roma? Oscar Eduardo escribe: “Por su temática puede ser inscrita en varias categorías tales como: literatura gay, novela de género picaresco e incluso como material de referencia para estudios sociales y antropológicos en torno a la prostitución masculina. Todo lo cual habla de su riqueza como obra literaria y de su actualidad, vigente en muchos aspectos aún a veinticinco años de su primera aparición.”

En una entrevista de 1987 el mismo Zapata expresaba que la novela fue mejor recibida en Estados Unidos que en México, ya que llegó a un medio sin prejuicios como el machismo. Sin embargo, Oscar Eduardo hace referencia a una crítica de J.S. Brushwood: Zapata “oscurece su capacidad narrativa al elaborar un malogrado experimento, usando espacios en blanco en lugar de puntuación.”

¡¿Experimento malogrado?! Esta es una de las cosas que me gustan de la novela. Oscar Eduardo expresa: “Estos espacios son un recurso utilizado magistralmente a lo largo de toda la novela y, en mi opinión, distan mucho de ser, como opina Brushwood un malogrado experimento debido a la falta de puntuación, ya que al jugar con tales espacios, en combinación con el contenido del monólogo, sirve al autor para dirigir el curso del mismo y, por ende, de la historia. Es admirable constatar como se cumple lo que tan bien señala J.J. Blanco ‘el truco de Zapata es acertado: excluirse de la novela para dejarle al personaje toda la cancha.’ Y este truco tiene su sustento justamente tanto en el uso de los espacios en blanco como en el hábil manejo del discurso narrativo.”


ENTREVISTA CON EL VAMPIRO

He aquí un dato que -además de sorprenderme- me fascinó.

Zapata creó su personaje a partir de una persona que realmente existió: Osiris Pérez Castañeda, quien murió a principios de los 90. Al respecto ha afirmado lo siguiente: “El vampiro es una novela hecha a partir de grabaciones que llevé a cabo con un muchacho que se dedicaba a la prostitución (a la prostitución con hombres, masculina). Hice como seis horas de grabaciones y tomé ciertos elementos, y fui añadiendo otros. La historia en una parte sería verídica, y en otra sería ficticia.”

Una crítica señaló que el relato de Adonis es recuperado del diván de un psiquiatra, pero el propio Adonis está consciente de que con su testimonio se escribirá un libro (“no le pongas ‘gacho’ en el libro ¿eh?’, ‘pero ps ésa ya la dejamos para otra ocasión ¿no? para otro libro’).


UNA VÍA PARA EL AUTOCONOCIMIENTO

Adonis García no es un tipo maleado, chichifea pero jamás trata de hacer daño, y en muchas ocasiones tiene la oportunidad de hacerlo. No leemos que haya robado para conseguir alcohol o comida. No leemos que le haya robado la cartera a alguno de sus clientes. Con Zabaleta (que es millonario) tiene la oportunidad de robar en grande, y no lo hace.

Afirma Oscar Eduardo que a Adonis su primera experiencia sexual le hace llegar a la convicción de que lo único que vale es el hedonismo puro. Sin embargo no se convierte en un vividor o en alguien sin código moral, tiene sus propias reglas y límites. Según Oscar Eduardo, Adonis, en sus experiencias como chichifo, procura comportarse como un buen cuate: “Sin embargo, salta a la vista que Adonis es alguien a quien le gusta la vida fácil, sin más ambición que sus propias ensoñaciones, en cuya realización no pone gran empeño. Considero que vivir inmenso en la complacencia de los sentidos, obviamente en la medida de sus posibilidades, lo llevan hacia el narcisismo observable en sus fantasías, como la de que algún día, al alcanzar la fama en su oficio, vería su propia estatua en la esquina que más frecuentaba.”

Ejercer la prostitución no lo malea sino que le permite aprender sobre el ser humano y sobre sí mismo, en palabras de Oscar Eduardo: “(con el comercio sexual) logra, sin realmente habérselo propuesto, aprender a conocer un amplio espectro de la naturaleza humana al mismo tiempo que conocerse mejor a sí mismo. El narrador no pretende nunca justificarse, ni ser justificado. Nada de lo que dice tiende a ello, entonces es fácil deducir que sólo se limita a dejar abierta la puerta de su ‘yo’ interno para ser conocido también por dentro.”


JOTEAR O NO JOTEAR

En un apartado titulado Un vampiro de ambiente, el autor afirma que Adonis no suele jotear, y que cuando usa expresiones de ambiente, aclara su significado. También nota que una frase muy usada por Adonis es “de repente”, lo que indica que carecía de planeación en su vida: “Ciertamente es propio del héroe de la picaresca vivir al día.”

Sobre el lenguaje de Adonis, leemos: “el narrador tiene una amplia competencia lingüística, no tanto en riqueza léxica, como en su capacidad de contextualizar su azarosa experiencia de la vida. Su manera de expresarse arroja muchos modismos del caló de la clase media de la ciudad de México de los años 70 (...) Algo que llama mucho la atención es que, aunque el personaje se ve y se identifica a sí mismo como un homosexual (...) su habla difiere mucho del estereotipo gay. Con contadas excepciones, no ‘jotea’, es decir, no hace uso de los vocablos, giros y expresiones atribuidas al habla homosexual que, según Susan Sontag, son ‘una especie de código privado’.”

Adonis no jotea porque no es una loca. El vampiro dice que las locas son las que desprestigian a los “homosexuales de corazón”, a los “homosexuales serios”, “a los que no tenemos que andar gritando a los cuatro vientos que somos putos.”

En las novelas y cuentos de Zapata aparecen homosexuales muy diferentes, lo mismo se puede afirmar de El vampiro. Oscar Eduardo dice que ha contado 49 homosexuales en esta novela, todos ellos con personalidades y preocupaciones distintas. Para Adonis se puede diferenciar entre jotos, locas, closeteros, chichifos y bisexuales; todos ellos son parte de “la gran comunidad gaya”.

La homofobia se presenta de distintas formas en los medios de comunicación, dos de ellas son las siguientes: se personifican homosexuales que puedan ser ridiculizados, o se representa al homosexual como alguien destinado al sufrimiento (no podía ser de otra forma, una perversión así impide el bienestar o la felicidad). Sobre esto y sobre Adonis García, Zapata ha expresado lo siguiente: “Ahí es donde planteo más concretamente la necesidad de presentar un personaje homosexual que no fuera el típico, el que ha aparecido en el cine o la literatura, ya sea ridiculizado como objeto nada más de burla, o bien desde un punto de vista como muy atormentado por su sexualidad. En este sentido el propósito de la novela era presentar un personaje libre, que ejerce libremente su sexualidad, como le da la gana, sin culpas, ¿no?”


Enlaces sobre Luis Zapata:

La literatura de Luis Zapata

Notas para una generación perdida: literatura mexicana de finales del siglo XX

martes, 15 de noviembre de 2011

Filosofía y asombro

En Historia de la Filosofía IX terminamos la parte dedicada a Arthur Schopenhauer, a partir de la próxima clase comenzaremos a estudiar algunos escritos de Friedrich Nietzsche. No me referiré ahora a las bases metafísicas de la ética de Schopenhauer (es decir, su idea de la voluntad), ni a sus interesantísimas concepciones acerca de la redención y la santidad.

Lo que quiero mencionar ahora son las palabras con que termina su Metafísica de las costumbres:

"El conocimiento en general tiene un origen secundario, es algo accidental y externo; por ello no es que esa oscuridad sea una sombra casual en medio de la región de la luz, sino que el conocimiento es una luz en medio de la primigenia e ilimitada oscuridad, en la cual dicha luz se pierde. De ahí que estas tinieblas se vuelvan tanto más temibles cuanto mayor sea la luz, al tantear ésta tantos más puntos en los límites de la oscuridad; quiero decir que cuanto más inteligente es un hombre tanto más siente la oscuridad que le rodea, viéndose por ello filosóficamente estimulado. Por contra, el zafio entregado a la ordinariez ni siquiera sabe de qué oscuridad se trata y lo encuentra todo perfectamente natural; de ahí que no precise de la filosofía, sino tan solo de algunos datos históricos proporcionados por la historia de la filosofía."

En otra parte el mismo Schopenhauer anotó:

"Fuera del hombre ningún ser se maravilla ante su propia existencia. Cuando un hombre toma conciencia, se da a sí mismo por hecho, se asume como algo que no necesita explicación. Mas no por mucho tiempo, pues a la par de su primera reflexión, comienza el embeleso que engendra la metafísica, y que hizo decir a Aristóteles el hombre hoy y siempre busca filosofar porque está pasmado. Entre más bajo se encuentre un hombre en los asuntos del intelecto, menos le parecerá la existencia un acertijo... pero entre más clara se haga su conciencia más se apoderará de él este problema. De hecho, esa inquietud, que mantiene andando el incontenible reloj de la metafísica, es el pensamiento de que la inexistencia de este mundo es tan posible como su existencia."

Como dejaré su pesimismo para otra entrada, dejo la cita hasta aquí.

William James por su parte escribió:

"Uno sólo necesita encerrarse en un armario y pensar en el hecho de que uno está ahí, en la extraña forma de nuestro cuerpo (algo que puede hacer gritar a un niño, como dijo Stevenson), en nuestro fantástico carácter, para que el pasmo venza el detalle y al hecho general de existir, y veamos que es sólo la familiaridad lo que lo mitiga. ¡Qué misterioso, no sólo que algo exista, sino que esto exista! La filosofía observa, pero no ofrece razón sensata, pues de la nada a la existencia no hay un puente lógico."

De la nada a la existencia no hay un puente lógico... Pensamiento extraordinariamente fascinante.

Martin Gardner (como breve presentación al texto de James del que tomé la cita anterior) escribió:

"A esa extraña, inquietante pregunta: '¿Por qué existen las cosas?', la ciencia jamás podrá dar respuesta. La razón es sencilla. La ciencia sólo puede responder un ¿por que? si enmarca un evento dentro de una ley descriptiva más general. ¿Por qué caen las manzanas? Por la ley de gravedad. ¿Por qué la ley de la gravedad? Por ciertas ecuaciones que son parte de la teoría de la relatividad. Si los físicos consiguieran un día una última ecuación de la cual se derivaran todas las leyes de la física uno podría aún preguntar '¿Por qué esa ecuación?' Si los físicos redujeran toda la existencia a un número finito de partículas o de ondas, siempre se podrían preguntar '¿Por qué esas ondas?' Tiene que existir un estrato inferior: un 'abismo oscuro', como alguna vez lo describió Santayana, 'ante el que la inteligencia debe permanecer en silencio, por miedo a enloquecer'. Es lo Incognoscible de Spencer, el Nóumeno de Kant, el trascendente mundo que es 'completamente otro' de Platón y la cristiandad y las grandes religiones. Es el Tao que no puede ser visto u oído o nombrado porque si pudiera ser visto u oído o nombrado no sería el Tao.

"Aunque la razón debe ser silenciosa, no es necesario que lo sean las emociones, y es difícil concebir a un físico con el alma tan muerta que nunca haya dicho '¡Esta mano es mía!' Carlyle escribió: 'El hombre sin curiosidad, así fuera presidente de inumerables Sociedades Reales, y estuvieran en su mente la Mécanique Céleste y la Filosofía de Hegel entera, y el compendio de todos los Laboratorios y Observatorios con sus resultados, no es más que un par de gafas tras las cuales no hay un ojo. Que miren los que tienen ojos a través de él: entonces podrá ser útil.'"

Termina su texto haciendo mención de dos posturas: la náusea ante el absurdo de la existencia y el gozo, la maravilla y la gratitud ante la existencia. Eso ya será tema para otra entrada.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Grafología en mi camino

¿Siente usted malestar en alguno de sus chakras? Pues es el momento de darles una buena manita de gato, no deje pasar esta magnífica oportunidad. ¿A qué me refiero? Pues a que hoy es once de noviembre del 2011. ¿Sabe por qué lo digo?, ¿no? Pues porque hoy se abren varios portales dimensionales. Y se abren porque... porque... porque sí, no pregunte.

Bueno esa es la babosada que le escuché decir a un tipo que se presentó en un programa de TV Azteca. "Esto no tiene que ver con niguna religión, es para todos porque las matemáticas son universales", dijo. Y por matemáticas se refería no a la geometría analítica, al cálculo diferencial e integral o al algebra sino a sus creencias supersticiosas. ¿O cómo podría llamarse a eso de que por ser 11/11/11 se abriría una puerta dimensional?

Curiosamente nadie preguntó lo obvio: ¿qué son las puertas dimensionales?, ¿qué características tienen?, ¿cuál es su aspecto? Digo, no sea que nos topemos con una y no sepamos reconocerla. Tampoco le preguntaron la razón por la que se abriría una el día de hoy. Mucho menos le preguntaron sobre la forma en que había obtenido sus conocimientos al respecto. Lo malo es que no dijo a qué hora y en qué parte de la ciudad, ¿qué clase de conductores son los de TV Azteca?, de haber preguntado esto último habrían tenido la oportunidad de ir con sus cámaras a documentar este milagro.

Bueno ya me estoy alargando con esta estupidez (que se parece mucho a las tonterías que suelta Maussán cuando hace mención de supuestos "vórtices cuánticos"), así que ya mejor termino.

Obviamente la naturaleza no sabe que hoy es once de noviembre del 2011. Este asunto de los años es arbitraria, hay varios calendarios para los que no estamos en el 2011. Y además, Dionisio el exiguo, que tuvo como tarea calcular el año de nacimiento de Cristo -y así establecer el año 1 de la era cristiana- se equivocó por algunos años. Fin de la estupidez de la puerta dimensional que supuestamente se abrirá el día de hoy.

Ahora vayamos a la grafología.

Hace varios días caminaba por las calles de la Zona Rosa cuando, en una caseta telefónica, encontré el siguiente anuncio:

No hay evidencia científica de que la grafología funcione. De hecho, es tan efectiva para conocer la personalidad de alguien como lo es la astrología. Aquí le dejo unos enlaces al respecto:

En la wikipedia, el diccionario del ecéptico y Magonia.

Y hace bastantes más días, en el programa La Mudanza, mismo que conduce Ricardo Alemán y que se transmite por Foro tv, se presentó María del Carmen Muñoz, quien dijo ser perito en grafología. La señora Muñoz nos reveló la personalidad de varios presidenciables (en México se elegirá presidente el año próximo) analizando sus respectivas firmas. Entre los analizados estuvieron: Santiago Creel, Josefina Vázquez Mota, Ernesto Cordero, Alonso Lujambio, Andrés Manuel López Obrador, Manlio Fabio Beltrones, Enrique Peña Nieto y Marcelo Ebrad.

No encontré el programa en cuestión, pero sí otro al que fue invitada la grafóloga. En éste dijo ser especialista en criminología y que la grafología sirve para montones de cosas: orientación vocacional, para saber si somos o no compatibles con nuestra pareja y para saber las enfermedades de las personas, hasta habló de ¡¡grafoterapia!! Repito que no hay ninguna evidencia científica de todo lo anterior. El choro mareador en su máxima expresión.

martes, 8 de noviembre de 2011

Otras de Schopenhauer...

Pues resulta que ya estamos en la semana ocho del trimestre 11-O en la UAM Iztapalapa, me encuentro cursando los 24 créditos que me faltan para terminar la carrera de Filosofía (la tesina ya la hice -escribí sobre el chingonsísimo rockstar de la filosofía Ludwig Wittgenstein- y ya me liberaron el servicio social). Una de las tres materias que llevo es Historia de la Filosofía IX. Estamos estudiando las bases metafísicas de la ética de Arthur Schopenhauer. Hace algunas entradas transcribí algunas líneas que me gustaron mucho de la "Metafísica de las costumbres" (aquí pueden encontrarlas). Pues aquí van otras que también me gustaron (aunque mis preferidas son esas donde se refiere a los dioses, santos y demonos):

"Al aludir a las éticas basadas en credos religiosos, quiero hacer notar entre paréntesis que aquella fe positiva encuentra su mayor fuerza, y el punto de apoyo gracias al cual apresa el ánimo con firmeza, en su vertiente ética, si bien no lo haga de forma inmediata, sino en cuanto que sus tesis éticas se hallen estrechamente entrelazadas con el dogma mítico propio de aquella fe religiosa y sólo resulten interpretables gracias al mismo; con mucha frecuencia suele darse el caso de que, aunque el significado ético de las acciones no resulte explicable en modo alguno conforme al principio de razón, y aun cuando aquel mito se compadezca con este principio, los creyentes no distinguen entre el significado ético de la conducta y el de su mito, que vienen a constituir una y la misma cosa, por lo que cualquier atentado contra su mito es interpretado como un ataque contra la justicia y la virtud. Sólo gracias a esta asociación de conceptos pudo originarse esa terrible atrocidad que es el fanatismo, el cual no se limita a apoderarse de algunos individuos perversos y trastornados, sino que acaba por adueñarse de pueblos enteros."

sábado, 5 de noviembre de 2011

Los videos y las fotografías como prueba de lo paranormal

Los ufólogos, "cazadores de fantasmas" y demás "expertos" en el mundo de lo paranormal suelen presentar videos y fotografías como pruebas de las visitas de extraterrestres, de la existencia de fantasmas o de los supuestos fenómenos sobrenaturales.

En aquellos programas de Nino Canún, escépticos y creyentes debatían acerca de si las fotos y videos eran prueba de que los extraterrestres visitan nuestro planeta. El punto necesita un tratamiento detallado, así que en otras entradas me ocuparé de éste (sobre todo porque me enteré de que en unos días se expondrá en México la obra Fauna del fotógrafo Joan Fontcuberta).

Por ahora sólo quiero mencionar el ridículo al que llegó un creyente de lo paranormal. Al leer sus críticas a los escépticos y su defensa de lo sobrenatural (tanto en su blog como en los comentarios que dejaba en un blog dedicado al escepticismo) he pensado que no está hablando en serio, que seguramente está bromeando, pero daré por hecho que realmente está convencido de lo que expresa...

En algún momento se refirió a un video en el que se ve levitar a un individuo que sostiene un bastón. Según él, las imágenes eran pruebas de lo paranormal. En realidad se trata de un truco bastante conocido y que puede verse aquí:



Posteriormente afirmó que un video de Criss Angel probaba la existencia de lo paranormal. Pero Criss Angel es ¡un mago! Es decir, esta persona cree que ¡la actuación de un mago prueba lo paranormal! O es una broma o verdaderamente esta persona tiene "relaciones perturbadas con la realidad" (frase de James Randi).

Veamos un video del mago Criss Angel caminando sobre el agua.



Y ahora veamos la explicación.



La revista Quo, en su número 49 (noviembre de 2001) publicó algunos artículos acerca de lo paranormal (el tratamiento fue bueno), en uno de los artículos el mago mexicano Ari Sandy expresa su opinión acerca de lo paranormal y de tipos como Uri Geller (después de leer sus opiniones aumentaron mis simpatías hacia este personaje del espectáculo mexicano). Ari Sandy dice:

"Todo se puede hacer por medio de magia. Hay juegos de magia en que los magos mueven el paquete de cartas sin tocarlas. Y esos científicos, ¿quienes son? En la televisión vemos en los comerciales a un tipo vestido con bata y ya resulta que es un doctor, cuando en realidad es un actor... Yo soy totalmente escéptico. Todo lo que hacen esas personas, al igual que los magos, son juegos preparados. No es nada sobrenatural. Hay mucho fraude en esto, aprovechando que a la gente le gusta creer... A mí me ha pasado algo curioso, yo hago un juego de levitación de una chica con una escoba, y varios doctores, gente preparada, se ha acercado a preguntarme acerca de la forma en que la hipnotizo para levitarla en el aire. Todo depende de qué tanto se quiera fregar uno a una persona para encontrar la forma de hacerlo. Siempre les aclaro que se trata de un espectáculo"

No me extrañaría si en algún momento este creyente en lo paranormal y crítico de los escépticos al que me he referido dijera que las actuaciones de Ari Sandy prueban que lo sobrenatural existe.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La serie que viene...

El próximo seis de noviembre a las diez de la noche se estrenará por Once TV la serie Niño Santo, escrita por Mauricio Katz.

La serie está basada en las supuestas curaciones del niño Fidencio. José María de Tavira, uno de los protagonistas dice: "La serie está basada en la historia del niño Fidencio, un curandero que vivió en México en los años treinta. Fue muy famoso y se tienen muchas historias acerca de él. Se contextualizó en el día de hoy pero lo ambientaron en la selva y se desarrolla durante una epidemia de cólera que afecta a varios pueblos."

Sobre la trama, el mismo Tavira expresa: "Tres médicos van al pueblo Aguazul, donde la gente no los quiere recibir porque consideran que su medicina es veneno y que ellos están tocados por la mano de Dios."



Así, en Niño Santo se tratará el conflicto entre la ciencia y los milagros.

Enlaces en los que se habla de esta serie:

Once noticias.

El economista.

Informador.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La muerte y sus enigmas 2

Mi vida es una broma estúpida y cruel que alguien me ha gastado.”, esa fue la conclusión a la que llegó (hacia 1875) León Tolstoi. La muerte se le presentó como un terrible enigma.

Frente a la muerte, frente al inevitable fin... ¿qué sentido tiene cualquier cosa que se haga? Moriré, morirá mi familia, morirán mis seres queridos... La conciencia de la muerte le hizo ver que “todo es un engaño, ¡un engaño estúpido! (...) La pregunta es: ‘¿Qué resultará de lo que hoy haga? ¿De lo que haga mañana? ¿Qué resultará de toda mi vida?’ Expresada de otra forma, la pregunta sería la siguiente: ‘¿Para qué vivir, para qué desear, para qué hacer algo?’. O formulada todavía de otro modo: ‘¿Hay algún sentido en mi vida que no será destruido por la inevitable muerte que me espera?’” Tolstoi comenzó a buscar respuestas en las ciencias y en la filosofía. No las encontró.

En esta entrada veremos que el escritor ruso encontró en la fe esas respuestas que buscaba desesperadamente.

En “Mi confesión”, Tolstoi (1828-1910) menciona el ataque de melancolía que le condujo a sus conclusiones religiosas.

A Tolstoi se le educó en la fe cristiana ortodoxa, sin embargo, explica que al llegar a los dieciocho años nada quedaba de esas enseñanzas, en realidad nunca había sido un creyente.

A los once años llegó a una conclusión: que era preciso estudiar el catecismo e ir a misa, pero que no hacía falta tomárselo demasiado en serio. A esa edad se burlaba de aquellos que se decían creyentes.

El escritor ruso, antes de su trascendente experiencia (su conversión), se daba cuenta de que entre quienes se decían creyentes podía haber personas crueles, inmorales o estúpidas, y entre los no creyentes podía haber personas con valores como inteligencia, franqueza, honradez, bondad y moralidad. Entonces resultaba imposible, juzgando solamente por sus actos, saber si una persona era o no creyente.

Había una separación entre acciones y fe, en sus palabras: “La fe no participa en la vida, no regula en modo alguno nuestras relaciones con los demás ni es preciso que la confirmemos en nuestra propia vida; la fe se profesa en algún lugar lejos de la vida e independientemente de ella. Si nos topamos con la fe, será sólo como un fenómeno externo, no ligado a la vida.”

Una vez que Tolstoi se convierte en creyente le resulta absurdo que la fe no se manifieste en los actos, así, decía que “Por la vida de una persona, por sus actos, hoy igual que ayer, es imposible saber si es creyente o no.”

¿Era Tolstoi ateo antes de su conversión? No. Su postura era la siguiente: “A los dieciséis años abandoné la oración y por iniciativa propia dejé de acudir a la iglesia y de ayunar. Ya no creía en lo que me habían transmitido en la infancia; creía en algo pero no podía decir en qué. Creía en Dios o, más bien, no negaba a Dios, pero no podía decir qué clase de Dios era ése. No negaba a Cristo ni a sus enseñanzas, pero tampoco podía decir en qué consistían esas enseñanzas.”

¿Qué motivaba a Tolstoi en su vida? Su deseo de superar a sus semejantes, es decir, “ser más fuerte que los otros, es decir, más célebre, más importante, más rico.”

Entonces el escritor se encontró con la siguiente circunstancia: quienes le rodeaban se burlaban de quienes manifestaban el deseo de ser moralmente buenos, y -en cambio- se elogiaba y alentaba a quien se entregaba a las viles pasiones: “La ambición, el ansia de poder, la codicia, la lascivia, el orgullo, la ira, la venganza; todo eso era respetado.”

Tolstoi notó que cuando se mostraba entregado a las que llamaba viles pasiones, la gente lo aprobaba. Y estas mismas viles pasiones eran la base de su trabajo como escritor: “comencé a escribir por vanidad, codicia y orgullo.” Su receta como escritor era “disimular el bien y exhibir el mal.”

A los 26 años comenzó a tratar a otros escritores, al principio sucumbió a este ambiente, pero después de un tiempo se percataría de que los escritores “eran personas inmorales, la mayoría de carácter malo y ruin (...) Esa gente terminó por repugnarme...” A pesar de esas conclusiones, continuó en este ambiente, Tolstoi se volvió enfermizamente orgulloso, su objetivo –al igual que el de los otros escritores que trataba- era obtener mucho dinero y muchas alabanzas.

A lo largo de los siguientes años a Tolstoi se le venían a la mente preguntas sobre el sentido de la vida, pero las ignoraba pensando que cuando tuviera tiempo resolvería todas sus dudas. Pero estas preguntas comenzaron a atormentarlo: “Comprendí que no era un malestar fortuito, sino algo muy serio, y que si se repetían siempre las mismas preguntas era porque había necesidad de contestarlas. Y eso traté de hacer. Las preguntas parecían tan estúpidas, tan simples, tan pueriles... Pero en cuanto me enfrenté a ellas y traté de responderlas, me convencí al instante, en primer lugar, de que no eran cuestiones pueriles ni estúpidas, sino las más importantes y profundas de la vida y, en segundo, que por mucho que me empeñara no lograría responderlas.”
La pregunta que debía responderse era: ¿y después qué? Podía tener riquezas, fama, etc., pero... ¿y después qué? “Y no podía responder nada, nada.”
Así, llegó a sentir que su vida era un absurdo. La idea del suicidio le pasaba por la mente.

Sobre esto, William James, en Las variedades de la experiencia religiosa, anotó: “Se trata de un caso claro de anhedonía, de pérdida pasiva de la apetencia por cualquiera de los valores de la vida... En el caso de Tolstoi, la sensación de que la vida poseía algún significado desapareció por completo durante largo tiempo. Tolstoi explica que cuando contaba unos 50 años comenzó a padecer momentos de perplejidad, a los que llamó de suspensión, en los que se sentía como si no supiese ‘cómo vivir’ o ‘qué hacer’... La vida, antes fascinante, era ahora sobria, y más que sobria muerta; aquello que siempre había mostrado un significado evidente, no tenía ahora ninguno y comenzaron a asediarle las preguntas: ¿por qué?, ¿y ahora qué?”.

Tolstoi escribió: “Sentía que algo dentro de mí, donde había reposado siempre mi vida, se había roto; que no me quedaba nada a donde agarrarme, y que moralmente mi vida se había detenido. Una fuerza invisible me impelía a desligarme de mi existencia de alguna manera; no puede decirse exactamente que deseara suicidarme porque la fuerza que me alejaba de la vida era más grande, más poderosa y general que cualquier simple deseo. Era una fuerza parecida a la vieja aspiración de vivir, pero que me impelía en dirección contraria (…) Imaginad un hombre feliz y lleno de salud escondiendo la cuerda para no colgarse en la viga de la habitación donde cada noche duerme solo. Imaginadme no yendo a cazar más por miedo de rendirme a la fácil tentación de matarme con la pistola”.

Tolstoi sentía todo esto en un período de su vida en el que debería haber sido completamente feliz (la crisis del escritor comenzó en 1875 y se hizo mucho más intensa hacia 1877): no estaba enfermo, amaba a su esposa, ella le correspondía, sus demás relaciones familiares eran armoniosas, económicamente estaba bien, era famoso, ya era considerado uno de los más grandes literatos, era capaz de escribir hasta ocho horas diarias.

A pesar de lo anterior, su vida carecía de sentido: “no podía dar ningún significado razonable a acción alguna de mi vida (…) El hombre sólo puede vivir mientras está intoxicado, embriagado de vida; sin embargo, cuando vuelve a estar sobrio no puede dejar de ver cómo todo consiste en una estúpida estafa (…) ¿Cuál será el resultado de lo que haga hoy?, ¿y de lo que haré mañana? ¿Cuál será el resultado de toda mi vida? ¿Por qué debo hacer nada? ¿Hay algún otro objetivo en la vida que la muerte inevitable que me espera no anule o desmienta?... Sin una respuesta es imposible, como bien he experimentado, que la vida pueda continuar”.

El estado de Tolstoi resultaba incomprensible para quienes le rodeaban, su esposa Sonia le escribió: “Cuando pienso en ti (cosa que me sucede en todos los instantes), mi corazón sufre, porque das la impresión de ser desgraciado. Siento tanta lástima por ti y, al mismo tiempo, tanta estupefacción: ¿por qué, por qué razón? Alrededor de nosotros, todo es tan bueno, tan feliz... Si te place, esfuérzate en ser feliz y alegre.” Ella misma usó el término “muerte moral” para referirse al estado de su esposo.

Tolstoi cuenta que buscaba la manera de salir de tal estado, pero no lograba su objetivo, y escribió “que aquello que nos conduce a la desesperación y al absurdo sinsentido de la vida es el único conocimiento incuestionable accesible al hombre”. Para apoyar esta conclusión cita a Buda, a Salomón y Schopenhauer. Durante todo este tiempo, Tolstoi reconoce que una parte de su corazón tenía “sed de Dios”. Habla de su corazón debido a que era algo que no provenía de sus razonamientos.

Hay una frase del propio Tolstoi que resume a la perfección su estado (y que ya mencioné al inicio de esta entrada): “Mi vida es una broma estúpida y cruel que alguien me ha gastado.”

La muerte llegó a atormentarlo con sus enigmas.

¿Qué sentido tiene cualquier cosa que se haga si moriremos, si morirán nuestros seres queridos? Repito la cita del principio: “todo es un engaño, ¡un engaño estúpido! (...) La pregunta es: ‘¿Qué resultará de lo que hoy haga? ¿De lo que haga mañana? ¿Qué resultará de toda mi vida?’ Expresada de otra forma, la pregunta sería la siguiente: ‘¿Para qué vivir, para qué desear, para qué hacer algo?’. O formulada todavía de otro modo: ‘¿Hay algún sentido en mi vida que no será destruido por la inevitable muerte que me espera?’”

Las ciencias y la filosofía no le proporcionaban respuestas satisfactorias. Cita largamente el Eclesiastés. También cita las palabras de Schopenhauer.

Y al no encontrar respuestas ni en las ciencias ni en la filosofía, ¿dónde decide buscar? En las personas. ¿Cómo enfrentan sus semejantes estas cuestiones? ¿Cómo responden las personas que le rodean a la cuestión del sentido de la vida frente a la muerte?

Se percató de que la gente de su clase social enfrenta estas preguntas de cuatro formas: algunos no comprenden que la muerte es un dilema, otros lo saben pero no piensan en el futuro y se dedican a aprovechar la vida, otros más se suicidan, algunos más deciden continuar viviendo aun estando concientes de lo absurdo de la vida.

Decidió entonces buscar el sentido de la vida no entre los hombres que buscan matarse “sino entre esos miles de millones de personas que han vivido y viven todavía, que crean la vida y llevan sobre sí el peso de su existencia y de la nuestra.” Tolstoi se percató de que la gente sencilla, analfabeta y pobre encuentra el sentido de la vida en lo que las personas de su clase desprecian: la fe.

Sobre la fe escribió: “Desde que la humanidad existe, allá donde ha habido vida, también hubo fe que hizo posible vivirla. La fe constituye el sentido de la vida, el sentido por virtud del cual el hombre no se autodestruye, sino que continúa viviendo. Si el hombre no creyese que hemos de vivir por algo, no viviría. La idea de un Dios infinito, la de la divinidad del alma, la de la unión de las acciones del hombre con Dios, son ideas elaboradas en las ilimitadas profundidades secretas del pensamiento humano. Hay ideas sin las que no habría vida, sin ellas yo mismo no viviría. Comencé a ver que no tenía derecho a confiar en mi razonamiento individual omitiendo las respuestas que proporcionaba la fe, ya que son las únicas respuestas para la cuestión”.


CONVERSIÓN

De 1877 a 1879 se convirtió en un practicante ejemplar. Daniel Gillés, en la biografía de Tolstoi, escribe: “Rezaba cada día sus oraciones, se levantaba frecuentemente al amanecer para asistir a misa, no faltaba nunca al oficio del domingo, se confesaba y comulgaba, hacía vigilia los miércoles y los viernes.”
Sonia se alegró de este volcarse a la religión de su marido, pues pensaba que gracias a la fe Tolstoi encontraría alivió a su muerte moral.

El escritor ruso, una vez que supero su estado de anhedonía, decidió cambiar su hasta entonces equivocada manera de vivir. Decidió trabajar para satisfacer las necesidades materiales, solucionar necesidades comunes, abjurar de mentiras y vanidades, ser simple, creer en Dios. En esto consiste la felicidad: “Conocer a Dios y vivir es la misma cosa. Dios es lo que es la vida. Bien, así pues, ¡vive, busca a un Dios, no habrá vida sin Él!”. Estos pensamientos entraron de súbito, como una revelación: “(así) como la fuerza de la vida había sido anulada en mí... así también la energía de la vida volvió”.

Puede afirmarse que Tolstoi se convirtió al cristianismo. Pero hizo una particular interpretación de los Evangelios.

Con la filosofía no basta, es imposible vivir sin religión, pero no puedo creer. Esa era la postura de Tolstoi. ¿Entonces puede hablarse de una conversión?

Al escritor se le presentó el conflicto de cómo conciliar la fe con la razón. A pesar de que se le presentaba como un problema difícil, consideraba que la razón llevaba al desprecio de la vida, mientras que la fe llevaba a encontrar el sentido de la existencia. “La fe es la fuerza de la vida”, escribió.

Tolstoi interpreta el cristianismo. ¿Qué significa esto? Que el escritor ruso no cree en los aspectos sobrenaturales de los evangelios, lo que hace es encontrar el mensaje moral que hay en esos textos. En Confesión expone cómo, al participar en los rituales religiosos, le causaban un gran conflicto las afirmaciones sobrenaturales.

Escribió que si la resurrección había sucedido o no carecía de importancia, lo importante era responder a las preguntas "¿cómo debo vivir?", "¿qué debo hacer?"
Si tanto conflicto le causaban dichas afirmaciones (como la resurrección de Cristo) ¿por qué acudía a los rituales? Gillés escribe: “Sin duda, porque, en su espantosa angustia moral, Tolstoi estaba cansado de estar solo y quería sentir en torno suyo a la gran familia de los creyentes; porque se aterraba de la nada sobre la que se abría su incredulidad; en fin, porque tenía nostalgia de la fe y creía que ésta no puede, en definitiva, encontrarse de nuevo más que si la practica. Quizás esperaba también que aplicando el ‘embrutécete’ de Pascal, a quien leía por esta época, llegaría a fuerza de humildad, a vencer sus dudas. Tolstoi, además, había quedado vivamente impresionado por la fe, a menudo grosera, pero muy sincera y profunda, que animaba al pueblo ruso, y, por esta época, se mezclaba a él con frecuencia, con la esperanza de comprender mejor y de compartir sus impulsos. Quería aproximarse a los simples, quienes –cosa que él creía desde hacía mucho tiempo- conocen mejor las verdades profundas y esenciales que los filósofos y los sabios, y en todo caso saben aceptar, con una conmovedora serenidad, las miserias, la enfermedad y la muerte misma.”

La ruptura con la Iglesia ortodoxa muestra claramente el conflicto que vivía Tolstoi, escribe Gillés: “Después de largos debates interiores, se decidió por la ruptura una mañana en que acababa de comulgar. Por lo general, se sometía gustosamente ese rito, que consideraba como un signo de aceptación total de la doctrina de Cristo, e incluso se sentía feliz al humillarse ante un simple sacerdote y unirse así a la gran familia de los creyentes. Pero esta vez se sintió escandalizado, irritado, por las palabras del oficiante proclamando que se trataba del ‘verdadero Cuerpo y de la verdadera Sangre de Jesucristo’, palabras que el ritual le obligaba a repetir; desconcertado, comprendió en seguida que había comulgado por última vez. Poco después renunciaba igualmente a las demás prácticas religiosas.”

Durante 1877 Tolstoi acudió a la carretera que servía de camino a los peregrinos para encontrarse con ellos. Los peregrinos se sentaban con Tolstoi al borde de la carretera y platicaban largamente. Aquellos hombres humildes caminaban por semanas (por ello es que por lo general tenían los pies ensangrentados) y se alimentaban gracias a la caridad de los campesinos. Tolstoi llevaba un cuaderno en el que anotaba “los dichos sabrosos, las palabras coloristas, los proverbios y adagios desconocidos de los que se servían frecuentemente estos analfabetos.”

Para Tolstoi lo importante eran el mensaje moral y la forma de vivir, no tanto las creencias sobrenaturales en sí mismas. De ahí que llegue a la conclusión de que no encontraba el sentido de la vida porque vivía mal, cometía malas acciones.
Tolstoi encuentra a Dios, piensa que debe cambiar su forma de vida: “La misión del hombre en la vida es salvar su alma. Para salvar su alma es preciso que viva según la voluntad de Dios, y para vivir según la voluntad de Dios es necesario renunciar a todos los placeres sensuales de la vida, trabajar, sufrir, ser humilde y misericordioso.”

Como explicaba líneas atrás a Tolstoi se le presentó el problema de cómo conciliar fe y razón, cómo conciliar los supuestos hechos sobrenaturales con la razón, de forma más general, se le presenta el problema de reconocer entre la verdad y la mentira. Así termina Confesión, afirmando que emprenderá la tarea de separar la verdad de la mentira.


EL CRISTIANISMO TOLSTOIANO

Tolstoi tomó seriamente el estudio de los Evangelios. Trabajó simultáneamente en cuatro obras: “Confesiones”, “Crítica de la teología dogmática”, “Concordancia y traducción de los cuatro Evangelios” y “¿Cuál es mi fe?” En estas obras explicaba Tolstoi la evolución de sus pensamientos, cómo, partiendo del agnosticismo, había llegado a una interpretación personal de las enseñanzas de Cristo. El escritor llegó a convencerse de que la Iglesia había traicionado el mensaje de los evangelios: “Desde el siglo II, la Iglesia no es más que mentiras, engaños, imposturas.” En 1893 publica su ensayo “El reino de Dios está entre nosotros”.
Ya hemos mencionado el contenido de Confesiones, Gillés afirma que se trata de una especie de “testimonio contra sí mismo” y que al estar escrito desde su nueva perspectiva religiosa contiene errores y exageraciones que su Diario ayuda a corregir. Pero ¿puede un hombre ser objetivo al mirar su vida, sus pensamientos y emociones?

En la Crítica de la teología dogmática, Tolstoi ataca las enseñanzas de la Iglesia ortodoxa. Considera supersticiones estúpidas la Trinidad, los demonios, los ángeles, la creación del mundo en seis días, la salvación y la condenación eternas. Afirma que los dogmas que van contra la razón son blasfemias contra el Espíritu Santo.
Concordancia y traducción de los cuatro Evangelios es su versión de la doctrina de Cristo. Los Evangelios no son una revelación divina, tampoco hechos históricos. Son una explicación del sentido de la vida, una moral. Los milagros de Jesucristo son interpretados por Tolstoi. Así, la multiplicación de los peces y de los panes la interpreta como una invitación a compartir los alimentos, cuando un ciego de forma milagrosa recupera la vista Tolstoi escribe que se trató de una iluminación espiritual. Para el escritor ruso Jesucristo tuvo un diálogo socrático consigo mismo en el desierto, de forma que las tentaciones que se le presentaron no eran promesas del demonio. El mismo Tolstoi reconoció que en ocasiones su interpretación podía parecer demasiado forzada.

Así, Tolstoi no creía en la divinidad de Cristo. El escritor ruso consideraba que la afirmación de la divinidad de Jesucristo no hacía sino distraer la atención de lo importante: el mensaje moral. Escribe Gillés: “El mensaje de Cristo no consiste en la salvación por la gracia o en el establecimiento de una Iglesia, sino en enseñarles a los hombres cómo deben vivir.”

Por otro lado denunciaba que la Iglesia le atribuía falsamente enseñanzas a Jesucristo, Tolstoi concluyó que Cristo jamás dijo que salvaría a la raza humana, nunca habló de la Trinidad o de la forma en que debía llevarse a cabo el ritual de la comunión.

De igual forma consideraba que creer en la divinidad de Jesucristo impedía la unión de todos los hombres: “Si Jesús no es Dios sino un gran hombre, su enseñanza no puede dar lugar a tantas sectas. La enseñanza de un gran hombre es grande sólo porque expresa de forma comprensible y clara lo que otros expresaron confusa e incomprensivamente (...) Buscaba respuesta para la pregunta de la vida y no para las preguntas teológicas e históricas; y por eso me daba igual si Jesucristo era Dios o no lo era, de quién procedía el espíritu santo, etcétera.”

En el prólogo de su interpretación de los Evangelios afirma: “Leyendo mi versión el lector se convencerá de que el cristianismo no sólo no es una mezcla de lo elevado y lo bajo, no sólo no es una superstición, sino que es la enseñanza metafísica y ética más rigurosa, pura y completa, que hasta ahora no ha sido superada por la razón del hombre y alrededor del cual, sin ser conciente de ello, gira toda actividad humana superior.”

Con este trabajo Tolstoi deseaba encontrar lo verdaderamente valioso de los Evangelios, se comparaba con un hombre que habiendo recibido un saco hediondo de suciedad encuentra que dentro hay perlas preciosas, ahora el trabajo es encontrarlas y limpiarlas. En otra parte se compara con un hombre que se dedica a reparar una estatua rota, al principio no está seguro del lugar en el que debe colocar una pieza, pero conforme avanza en su labor, sus dudas van apagándose. En resumen: para Tolstoi los Evangelios no son una revelación divina ni cuentan hechos históricos, son una obra que da sentido a la vida. Explica que llegó al cristianismo no por sus investigaciones teológicas o históricas sino por las preguntas que se hizo sobre el propósito de la vida.

¿Cuál es mi fe? es una exposición de la verdadera moral cristiana: “No te encolerices, sino vive en paz con todos los hombres. No te abandones a relaciones sexuales ilícitas. No prestes juramento. No resistas al mal con la violencia. No seas enemigo de nadie. Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo.”

Sobre los anteriores preceptos Gillés anota: “Tlostoi pasará los años que le quedan de vida tratando de explicar, de vivir y de hacer que las gentes admitan estos pocos principios, muy simples y que, aunque pueda uno asombrarse un poco, le ha costado tanto trabajo y tantos sufrimientos redescubrir. Lo hará siempre con una sinceridad muy grande, a menudo con exageración o con una especie de ingenuidad muy simplista. Pero todavía no se imagina que, al definir su moral, acaba de fundar, porque sus preocupaciones responden a las de millares de sus contemporáneos, una nueva religión: el ‘tolstoísmo’.”

¿Qué tesis defiende en El reino de Dios? Que el reino de Dios en la Tierra será una realidad cuando todos los seres humanos vivan según los principios de Cristo. Aparece también su idea de la “no violencia opuesta al mal”, cito nuevamente al biógrafo de Tolstoi: “Todos los males de que sufre la Humanidad nacen, directa o indirectamente, de la violencia, ejercida por gobiernos corrompidos y sostenidos activamente por Iglesias seudocristianas. El gran principio que hay que oponer a la violencia es, y esto puede parecer paradójico a primera vista, el de la no resistencia al mal mediante la violencia.”

Y aunque Sonia pensó que su amado Tolstoi encontraría la felicidad en la fe, no tardaron en aparecer los problemas. Éstos fueron causados por los nuevos ideales del escritor. Al aspirar al perfeccionamiento moral, es decir, a la santidad, Tolstoi renunció a los “placeres viciosos”: la caza, el alcohol y el tabaco. De igual forma dejó de comer carne y pan blanco, la castidad fue otro de sus valores (no alcanzado). Pero lo que causó conflictos muy serios en aquel matrimonio fueron los votos de pobreza.

A partir de 1881 Tolstoi comenzó a preocuparse por la miseria. En 1882 participó en la elaboración del censo de la población de Moscú y eligió el barrio más pobre.
Así, llegó a sentirse incómodo en su propia casa, consideraba que su esposa e hijos llevaban una vida de castillo, despreocupada y fácil, que se dejaban llevar por un torbellino de fiestas mundanas. Vecinos, familiares y amigos sólo pensaban en divertirse. Escribió: “mi verdadero ‘yo’ es despreciado por todos los que me rodean.” El ocio y el lujo le comenzaron a irritar.

En cierto momento se sintió un parásito que vive de los pobres y decidió hacerse zapatero. Gillés dice: “Tolstoi, que no parecía darse cuenta de la paradoja que era profesar semejante teoría siendo él el dueño del lugar –de aquella gran casa confortable por la que circulaban lacayos de librea-, les explicaba (a sus visitantes) gravemente que para él nada era comparable a sus tres horas diarias de trabajo manual.”

Su molestia llegó al punto de querer abandonar a su familia. Por su parte, Sonia estaba embarazada (por duodécima ocasión) y sentía que Tolstoi le dejaba todos los asuntos domésticos: dirigir la casa, llevar las cuentas, educar a los niños, etc.
Tolstoi soñaba con no poseer nada, deseaba distribuir sus tierras entre los campesinos y renunciar a sus derechos de autor. Gillés anota: “Pero como Sonia, que no quería verlo despojar a sus hijos, se oponía ferozmente a esos proyectos, en aquel final de año de 1884 él acabó por proponerle un compromiso en verdad bastante extraño. Como él consideraba que la propiedad era un gran mal, le cedería a ella la gestión de todos sus bienes. Al principio, Sonia se indignó al ver que le transmitían aquel ‘gran mal’; luego se resignó a tal arreglo paradójico. Recibió de Lev un poder general que le cedía la gerencia de sus propiedades y de sus derechos de autor para las obras escritas antes de 1881, antes de lo que Tolstoi llamaba ‘su segundo nacimiento’. Muy activa, Sonia emprendió inmediatamente una nueva edición de las obras de su marido e hizo gestiones para poder hacer figurar entre ellas los textos prohibidos de Confesiones, ¿Qué debemos hacer? y ¿Cuál es mi fe? (...) Desde su ‘segundo nacimiento’, Tolstoi quería ser asceta. Había renunciado sucesivamente a la propiedad, al bienestar y a los ‘placeres viciosos’ de la caza y del tabaco. Ahora quería renunciar a la voluptuosidad, a toda voluptuosidad, incluso a la santificada por el matrimonio.”

En 1891, después de discusiones con Sonia por la forma en que esta administraba las propiedades, Tolstoi repartió sus bienes y renunció a los derechos de ciertas obras (tan fuertes eran las discusiones que Sonia llegó a considerar el suicidio). Tolstoi consideraba que su esposa e hijos le impedían vivir una vida santa. Sin embargo, el resultado fue paradójico, en palabras de Gillés: “He aquí, pues, a Tolstoi despojado del ‘fardo de la propiedad’: teóricamente, jurídicamente es pobre. Si fuese lógico consigo mismo, debería ahora vivir también la vida del pobre, cambiar su mansión por una modesta isba, trabajar con sus manos para asegurase el sustento y nutrirse con gachas de avena. Ahora bien, no cambia nada en su forma de vida, aunque ésta sea muy modesta. No abandona su biblioteca, ni los salones de su mansión, ni sus caballos de silla; continúa sentándose a la mesa señorial, siendo servido por criados, y no renuncia tampoco a sus costumbres de anfitrión espléndido que acoge multitud de discípulos y curiosos.”

Desde el momento de su conversión y hasta el último de sus días lo acompañaría el deseo siempre postergado de vivir humildemente.

Queda entonces claro que Tolstoi fue cristiano a su manera, de igual forma, creía en Dios pero no en el “Dios judío, grosero y personal” sino en un Dios “ilimitado e impersonal”, al cual le expresaba “¡Señor, despiértate en mí, alumbra mi vida!”.
De tal forma que a Tolstoi su conversión le traería conflictos no sólo con su familia. Las autoridades religiosas y políticas lo veían con recelo.

De hecho, la Iglesia ortodoxa decidió excomulgarlo en 1901. El decreto decía: “Dios ha permitido que en nuestros días aparezca un nuevo falso doctor: el conde León Tolstoi. Escritor de reputación mundial, ruso de nacimiento, ortodoxo por el bautismo y la educación, el conde Tolstoi, cegado por su espíritu de orgullo, ha tenido la insolencia de alzarse contra el Señor Jesucristo y contra su santo legado, y públicamente y a los ojos de todos ha renegado de la Iglesia ortodoxa materna, que lo había nutrido y educado. Ha dedicado su actividad literaria y el talento que Dios le había dado a esparcir en el pueblo doctrinas contrarias a Cristo y a la Iglesia, y a destruir en el espíritu y en el corazón de los hombres su fe nacional, esta fe ortodoxa confirmada por el universo y a la cual, hasta ahora, la santa Rusia ha permanecido fiel y por la que ha sido fuerte. Por eso la Iglesia no lo cuenta ya como uno de sus miembros y no podrá considerarlo como tal más que si se arrepiente y vuelve a entrar en su seno.” Nunca sucedió esto último, el escritor ruso murió sin recibir los sacramentos.

¿Y en cuanto a las autoridades políticas? Los problemas (también) se debieron a su interpretación del cristianismo. El escritor ruso predicaba la humildad, la no explotación de los semejantes.... En ocasiones enviaban a la policía a vigilarlo. Eso sí, no le castigaban, ¿por qué? En palabras del Zar Nicolás II: “No quiero añadir a su gloria la aureola de mártir.”

Basten las siguientes líneas para mostrar lo anterior. Los “luchadores del espíritu” eran una secta que tomaba al pie de la letra el mandamiento “no matarás”, de forma que se negaban a empuñar las armas. En 1895, debido a que los miembros de la secta se deshicieron de armas y se negaron al servicio militar, las autoridades decidieron castigarlos. Cuenta Gillés que “los desgraciados fueron azotados a golpes de nagaika, sus moradas fueron saqueadas, confiscadas sus tierras y sus comunidades dispersadas.” Tolstoi se identificaba con los ideales de la secta, así que decidió ponerse de su lado. A consecuencia de estas actividades consideradas subversivas por las autoridades, la policía sometió a Tolstoi y a sus simpatizantes a estrecha vigilancia. Algunos de los discípulos de Tolstoi fueron castigados con el destierro, pero –por lo ya explicado en el anterior párrafo- el escritor ruso permaneció intocable.


REFERENCIAS

James, William. “Las variedades de la experiencia religiosa”. Ediciones Península. Barcelona. 1986.
Tolstói, Lev. “Confesión”. Acantilado. Barcelona 2008.
Gillés, Daniel. “Tolstoi”. Editorial Juventud. España. 1963.
Leo, Tolstoy. “The Gospel in Brief. The life of Jesus”. Harper Perennial. USA. 2011.